miércoles, 6 de agosto de 2008

El calamar


Cuando D. abrió los ojos no pudo reconocer el cuarto en el que estaba. Los últimos diez años había intentado mantener esa casa en que ahora había despertado en las mismas condiciones que tenía cuando su familia la habitaba. Sin embargo, no había nada en ella que le recordara su infancia, que le recordara todo el tiempo que pasó ahí. Las cortinas estaban corridas. Parecían haberlo estado durante todo el tiempo en que la casa permaneció sin su presencia. Su mirada se había detenido en ellas después de intentar reconocer el cuarto. Desde el momento en que despertó, su posición era la misma: acostado, ocupando sólo la mitad de la cama. La cabeza era lo único que se había movido. Sus ojos se detuvieron en un punto que parecía anular todo rastro del movimiento anterior, quizá nunca se movieron, quizá despertó con la mirada fija en esas cortinas. Entonces sucedió algo que habría pasado inadvertido de haber estado alguien más en el cuarto; sus fosas nasales se dilataron, se mantuvieron en ese estado por unos momentos, luego regresaron a la posición anterior sólo para repetir el movimiento. ¿Qué se ocultaba tras este imperceptible reflejo? Si pensamos en las razones por las que llegó al cuarto, sería posible entender que no fue más que un último intento por buscar su pertenencia al mismo, por encontrar la razón de su estadía en él. Las fosas se habían dilatado en busca de un olor familiar, el de Q., su esposa, a quien había convencido de no acompañarlo, o aquél que llenaba la casa cuando vivía en ella, pero el intento resultó tan vano en su búsqueda como antes la mirada. El único olor que habitaba el lugar era el del abandono, un abandono pulcro e inabarcable. No fue la ausencia del segundo olor –ni siquiera sabía que lo buscaba– la que lo hizo sobresaltarse, sino la del primero. Se incorporó rápido sobre la cama y volteó en busca del cuerpo que debía estar a sus espaldas. No encontró nada. Fue en ese momento cuando su mente despertó del letargo que le impedía certidumbre y recordó lo que hacía ahí. Su mirada se quedó quieta otra vez, en esta ocasión sobre las sabanas que cubrían la cama y, sin demasiado esfuerzo, extendió un brazo sobre el buró, tomó un cigarrillo y lo puso en su boca. Como una araña, su mano se acerco nuevamente al lugar de donde había tomado el tabaco, pero esta vez no logró encontrar lo que buscaba. Finalmente, D. tuvo que desviar su mirada; vio el encendedor y movió la mano. Frente a sus ojos había ahora una llama: inhaló. Exhaló humo.
El viaje hasta la isla había sido largo por decreto propio. Había decidido tomar un avión hasta la capital y no uno directo, esto le aumentaba bastante tiempo al trayecto, aunque, en realidad, el viaje había empezado varios meses antes, cuando decidió emprenderlo. Ese día, hacía doce meses, despertó exactamente igual que hoy, pero en su departamento, en otro país. Existían varias diferencias esenciales entre aquel día y éste: la primera, la más notable, era la ausencia de extrañamiento. Despertó, quizá, cuando en la isla estaba a punto de terminar el día anterior. Su piel seguía un reflejo distante, buscaba el calor de aquél lugar. A decir verdad, la única similitud entre los dos días era el gesto de la mano y el humo que salía de su boca. En ese momento, sus ojos veían un cuarto perfectamente familiar, pero en su lugar intentaban colocar uno en el que llevaba años sin dormir. Pensó en el cuarto abandonado y apagó el cigarrillo. Besó la frente del cuerpo que dormía a su lado y se quedó quieto por unos momentos, luego se paró y se dirigió al baño y, mientras el agua caía sobre su cabeza, pensó en partir. Se quedó ahí varios minutos, sin moverse, pero cuando finalmente lo hizo, cuando salió, la celeridad suplantó a la falta de movimiento. Se vistió y garabateó algunas letras sobre un papel: necesitaba caminar. No quería pronunciar ninguna palabra en esa nueva lengua que había abrazado como suya, no quería siquiera oírla, por eso se conectó unos audífonos y dejó su teléfono. Se fue. Al principio hablaba solo, en español, pero se cansó también de su lengua y se entregó al mutismo. Sólo necesitaba caminar.
Eran las seis de la mañana cuando D. ya estaba fuera de su departamento, y no volvió a él hasta los primeros minutos de la madrugada del otro día: la nieve siempre cubrió su camino. Si pudiéramos dibujar el trayecto que siguió en ese día encontraríamos cierta sistematicidad inconsciente en sus movimientos. Sería necesario superponer el mapa de esta ciudad con el de la isla donde estaba el cuarto evocado; si lo hiciéramos encontraríamos que la cantidad de calles que recorría y los lugares en los que doblaba eran los mismos en los que lo hubiera hecho para dirigirse a aquellos que solía frecuentar cuando vivía en la isla. Cada vez que terminaba su recorrido, volvía a comenzarlo, tomando como punto de partida el último lugar al que había llegado (derecha, uno, dos, tres, izquierda, uno, dos, etc.). Pero, cómo ya dijimos, no existía rastro consciente de esa intención en ninguno de los pasos que D. dio ese día. Aparte de este hecho sobre su paseo otras cosas ocurrieron, principalmente en su cabeza. Las primeras horas del recorrido intentó aferrarse al recuerdo del cuarto con todas sus fuerzas, recrearlo en los detalles más nimios que pudiera encontrar, en todas las fases de su existencia. En su memoria se fueron dibujando lentamente todos los colores que la pared tuvo, empezando por el último (rojo), hasta llegar al primero que pudo recordar (azul); los muebles que en él había, y los afiches y cuadros que aparecieron y desaparecieron del lugar. El esfuerzo que implicó generar todos esos recuerdos, le provocó un cansancio que no había experimentado nunca. Pero no podía detenerse ahí, ahora tenía que recordar el resto de la casa, las calles, las caras de sus familiares y amigos, y lo que había hecho con ellos. Probó hacerlo, quizá con más fuerza que lo anterior, pero el intento, en este caso, fue inútil. Caminó varias horas más hasta que decidió descansar, entró a un café –después de seguir un trayecto que en la isla lo llevaría a otro, cercano a la playa– y a señas, sin desconectarse los audífonos, pidió una taza. Estuvo sentado en ese lugar unas dos horas, cuando salió reanudó el trayecto, pero no logró recordar nada. Al final regresó a su habitación y se acostó junto a Q., el mismo cuerpo que había dejado en la mañana.
Los días siguientes fueron de gran desesperación y silencio casi absoluto. Pospuso todo lo que tenía que hacer y se dedicó a escribir lo que recordaba, a forzar su memoria. No logró nada. Buscó en la agenda el número de la casa de la isla y avisó que pronto iría, que esperaran su llamada para confirmar la fecha. Tardó en decirle a Q. que tenía que partir, aunque sólo sería por una semana. Ella intentó convencerlo de que la llevara, pero no lo logró. Estaba seguro de que necesitaba enfrentarse solo a ese abismo que representaban los recuerdos que intentaba recuperar, debía dejarse caer en él sin jalar a nadie consigo. Pero no quería decirlo así, aunque, si llegaba a ser indispensable para ir, tendría que hacerlo: tendría que encontrar las palabras para decirlo. Al final no hubo necesidad. Una vez que terminó con los deseos de Q. por ir, sólo quedaba el obstáculo que él mismo representaba: si convencerla a ella solamente le había tomado unos días, convencerse a sí mismo le tomaría meses. Hablaba continuamente a la isla para dar una fecha de llegada y luego, unas horas después, para cancelar; se inventaba continuamente excusas, entrevistas, viajes repentinos, nuevos proyectos de trabajo, pero al final tuvo que darse cuenta que sólo estaba retrasando algo inevitable. Fijó una fecha definitiva y partió.
El sentido de agregar más tiempo a la duración de su viaje no se encontraba en su anímica necesidad por retrasar la llegada a la isla, sino en el deseo consciente, no importa cuánto lo asustara, de hacer que funcionase. Cuando era un niño, su familia y él realizaban los viajes a la capital así, ferry primero, coche después. D. recordaba bien la parte del ferry y la del coche. Ahora encontraba en revivir el viaje tal como sucedía en su infancia una preparación, un aliciente para que los recuerdos fluyeran con más facilidad una vez en la isla. Quizá ese descenso al que se dirigía sería menos lastimoso si lograba provocarlo con naturalidad, eliminando la sensación de vértigo de la que había estado escapando durante los últimos meses y que ahora lo atacaba sin concesión alguna.
Llegó a la capital y una vez adentro de un auto rentado, D. se dio cuenta de que, con excepción de la isla, tenía muchos recuerdos de su país, por eso decidió seguir el rastro de piedras que representaban esos recuerdos, recorrer los puntos más trascendentes en los trayectos que había hecho de la isla a la capital. El primer problema fue que las carreteras habían cambiado y para llegar a esos puntos había que tomar desviaciones completamente desconocidas para él. Pero de esto no se dio cuenta de inmediato.
Llegar a la isla le tomó tres días, pero con cada uno de ellos aumentó la inseguridad con respecto del viaje. Los lugares que visitó en su trayecto hasta ella se alejaban cada vez más de sus recuerdos, como si las marcas que había dejado en esos lugares hubieran sido cubiertas por el tiempo, como si las hubieran robado o nunca hubieran existido. El miedo a los recuerdos ficticios se dibujó en su mente, aumentando el vértigo que la idea de la caída le provocaba, el vértigo que, según parecía, no iba a desaparecer porque el desfiladero de su memoria no era más que una ilusión.
De los pueblos que visitó, los primeros parecían no haber cambiado, al menos dos de ellos. Para D. esto representaba un signo del éxito que tendría en llenar el vacío de la memoria, pero no tardaría mucho en cambiar su opinión. Algunas diferencias comenzaron a hacerse presentes dentro de las comunidades que visitaba, la gente había cambiado, las ciudades habían crecido. Con cada kilómetro recorrido las alteraciones eran más grandes, a tal punto llegaron los cambios, que para la segunda noche en su país, ya le era imposible dormir en estos lugares, tenía que adentrarse en la carretera para encontrar algún hotel de paso en el cual descansar –la ausencia de una imagen fija de ellos en sus recuerdos le permitía enfrentarlos con mayor facilidad–. Pero el cambio más grande ocurrió hacia el tercer día de viaje, cuando quiso visitar las últimas poblaciones antes de llegar al puerto que lo llevaría a la isla. Habían desaparecido, la ciudad se las había tragado, de ellas no quedaban más que los escombros mnemónicos que los nuevos edificios representaban. Aceleró, tenía que llegar pronto al puerto. Una vez adentro del ferry comenzó a llorar, cómo iba a develar lo invisible si lo visible también había desaparecido.
Y así llegamos al punto en el que D. se despierta y no logra reconocer nada, en el que sus fosas nasales se dilatan y la mirada permanece fija en las cortinas. Llegamos al punto en que D. extiende su mano y fuma. Lleva ya varios días en la isla, no ha logrado recordar nada y por miedo a perderse o a no descubrir algo tampoco ha salido de esa casa, la de su familia. Quiere forzarse a reconocer aunque sea un mueble. Pero no sucede nada. Igual que habría hecho en su departamento, no se termina el cigarrillo, se cansa de él y decide bañarse. Pero entonces, cuando el humo comienza a disiparse y el olor de la nicotina se hace menos intenso, descubre un nuevo elemento del lugar, uno que no había percibido porque no existía hasta ese momento. No es más que un olor desconocido, pero extrañamente familiar. D. se levanta de la cama y, rápido, se viste: no quiere perder esa sensación de reconocimiento. Sale de la casa, y al cerrar la puerta recuerda el miedo olvidado, duda por unos momentos pero se decide a ignorarlo y continúa. Camina por las calles siguiendo su olfato, busca que se convierta en una peste, que aumente hasta hacerse insoportable, quizá entonces logre recordar. Mientras camina por la calle, conforme el olor crece, empieza a dar vueltas instintivas en algunas esquinas. Unos minutos más tarde siente a más personas caminando a su lado, voltea para verlas pero no encuentra nada. Sin embargo, siente las sombras que lo siguen, como si toda la ciudad lo rodeara, incluso cree que hay algunos enfrente de él aunque no los pueda ver. El trayecto no dura más de veinte minutos.
Cuando finalmente el olor es insoportable, se detiene y ve a su alrededor. Está en la playa. Aún no hay una fuente reconocible de ese aroma fétido, y cada vez parece más familiar. Se decide por ir a la derecha, camina unos minutos más y lo encuentra. El olor no puede ser más intenso que en este punto. Sobre la playa hay un calamar gigante, pudriéndose. Cierra los ojos, aún no sabe por qué reconoce algo en ese olor.

D. vuelve a abrir los ojos, por unos momentos no puede ver nada, el sol se lo impide.
Muchas personas están paradas en la playa. Un niño pasa frente a él, sus padres lo acompañan, el niño sonríe. D. se acerca y le pregunta qué hace. Es la primera vez que lo llevan sus padres por comida a la playa, que lo llevan a ver los calamares que llegan muertos a la playa, le responde. Cuando el niño termina de hablar, desvía la mirada. D. ve el calamar y cierra los ojos de nuevo. Cuando los abre ya no hay nadie, ni siquiera el calamar. No, es mentira. Ese niño sigue ahí, pero ahora está sólo, jugando. Quizá han pasado unos años. D. no quiere mostrar que lo ve, aunque no está seguro de que el niño lo pueda ver. Llega una niña y dice algo al oído del niño, dice su nombre. D. lo oye y, un poco sorprendido, piensa que el niño y él se llaman igual. Los niños se alejan. Vuelve a parpadear.
Pasa el resto del día caminando por la isla, ya no tiene miedo a perderse. En dos días despertará en su departamento, junto a su esposa, pensará en el calamar y en la casa. Y ya no tendrá que regresar a la isla.
_________________________
todo del DF, Ciudad de México.