sábado, 7 de junio de 2008

"Oh, ‘come on,’ my ass!"

Hace poco fui al cine. La nueva película de Trantino, después de un año y fragmento, se estrenó sin su correspondiente Planet Terror para completar el homenaje a los cines en que varias generaciones de cineastas gringos y de críticos mexicanos se educaron. Grindhouse se concibió como una experiencia mediática no como un conjunto de películas de arte y como tal debería verse. Pero cuando se le desmenuza y se exhibe con el pesadísimo epíteto de “Quentin Tarantino presents:” sólo nos quedan dos películas que el publico ve con la imperante necesidad crítica de concebir como obras de arte. Patético si se piensa que el multilaureado cineasta americano se ha dedicado a hacer anti-arte. O a elevar al nombre de “arte” lo que nunca fue concebido para serlo.
No voy a negarlo, me gusta Tarantino, aunque cuando alguien a quien apenas conozco se entera de mi cinefilia y lo proclama su cineasta favorito no puedo evitar apagar mi cerebro y esperar que mi boca sea lo suficientemente rápida para balbucear una excusa que me permita salir de donde esté: regresar a mi casa o ir a tirarme a algún otro desconocido que no pretenda demostrarme su inteligencia. Sin embargo sus citas son cada vez más obvias y carentes de originalidad.
A veces pienso que es imposible que alguien le gusten las películas de Tarantino sin al menos captar unas quince de las referencias que hace en cada plano, en cada diálogo y en cada fotograma. Luego regresa la razón y me doy cuenta que a la mayoría le gusta justamente porque no las capta. Quizá sea que los artistas, como el público, se han vuelto flojos y ya no gustan de algo que les haga pensar más allá de lo explícito. No lo sé. Tarantino me parece demasiado obvio de cualquier manera.
Death Proof es excesiva en aquello que hizo que disfrutara Hostel. El público salía de las salas de la película producida por Tarantino con un rostro mórbido, mientras que yo no podía dejar de reír durante toda la película. Un híbrido entre terror y comedia, similar a los de Sam Raimi, pero cuyos chistes están basados en las citas. Una comedia para cinéfilos, un gore sin sentido para todos los demás. El Challenger del setenta blanco hubiera sido suficiente en Death Proof pero Tarantino necesitaba hacer que sus personajes hablaran de Vanishing Point por diez minutos. No sólo existe el símil visual, además hay que decir que existe tal.


Un naco shot perfecto, Death Proof es la sublimación de los errores que por décadas los maestros de cine dijeron a sus alumnos que debían evitar. Quizá sólo esté cansado del mal cine que llena las carteleras, pero Cineasta de los homenajes no me parece un epíteto halagador. Aunque Kill Bill Vol.1 me parece visualmente hermosa el copy-paste con el que se construye toda la película me parece demasiado aburrido para siquiera ser considerado.
Sin embargo, hay algo que salva todas las películas de Tarantino y que quizá sea lo único original, la frescura de sus diálogos. Los personajes del cineasta gringo se distinguen por su sagacidad y vasta cultura popular. Pueden hablar por horas de una canción perdida de hace tres décadas igual que un show televisivo reciente, son agresivos siempre entre ellos, pero ingeniosos en la manera de ofenderse. Y en ese sentido, Death Proof nos regresa a un Tarantino que en el volumen 1 de su “homenaje” al cine de acción asiático parecía perdido. ¡Muerte a Tarantino, larga vida a Tarantino!

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