domingo, 23 de septiembre de 2007

Sábado



Un sábado desperté con una pésima resaca, cervezas en el refrigerador y la casa vacía. Además, una ligera pérdida de memoria. No podía recordar nada desde el momento en que prendí mi computadora, la noche anterior, y abrí otra caguama hasta ese momento en que abría los ojos, un sábado con una pésima resaca. Lo primero que hice fue salir del cuarto y ver los saldos de la noche anterior: ninguno real, excepto por unos cuantos vidrios en el piso y la mugre usual de cada reunión. Caminé a la cocina, abrí el refrigerador para ver que podía comer y saqué una chela, única cosa ingerible en la casa. Después del primer trago y de un leve flashback, decidí prender la computadora con la intención de ver un poco de pornografía y dormir otro rato. Eran las tres de la tarde.
Lo primero que encontré fue un montón de ventanas del explorador abiertas. Al parecer en la noche entré a un Chat en busca de sexo casual. Pero, después de un rato, o me cansé de no encontrar nada interesante o me di cuenta de que era demasiado tarde. Pude haber descubierto también que estaba demasiado borracho o que tenía más sueño que ganas de coger. En realidad no importa. El asunto no es lo que me hizo dejar la computadora, sino lo que había hecho mientras estaba en ella y ahora recreaba a partir de ventanas.
“Entonces quedamos”, “Te laten los tríos”, “Me gusta cómo te vez en tal foto”; las frases usuales, “¿Qué buscas?” y “Hola” o “Por qué no contestas” Algunas tenían conversaciones completas, más parecidas a cuestionarios que a conversaciones reales. Estoy convencido de que conozco los gustos sexuales de la mayoría de los putos de la ciudad y, lamentablemente, no hay mucha diferencia entre uno y otro. O al menos no se nota en las pláticas por Internet.

En otra ventana había intentado convencer a un amigo, con el que cogí alguna vez, de que le convenía que fuera a mi casa porque podíamos echarnos unas chelas y pasarla bien (sic). Afortunadamente no aceptó, dudo mucho que hubiera funcionado en el estado en que me encontraba.
Regresé a la cocina, tomé otra cerveza y volví a la computadora. En todas las demás ventanas había pornografía. En dos o tres no había nada interesante, sólo SeanCody.com, de la cual soy visitante asiduo. Comienzo a jalármela pero a la mitad me aburro y checo las demás páginas. Ninguna de ellas las había visto antes, un blog de pornografía gay, las páginas de algunos estudios, otra amateur, XTube, y varias sobre un actor porno al cual nunca había visto pero que inmediatamente se convierte en mi actor porno favorito (por segunda vez, supongo, ya que la cantidad de páginas del día anterior no me provoca dudas): un ex-diplomático israelí que se hace llamar Roman Ragazzi. Nuevamente tengo una erección, aunque es probable que la haya tenido todo el tiempo y no le prestara atención. Además, mi cerveza se acabó otra vez. Mientras camino a la cocina me la empiezo a jalar.

De regreso en el cuarto, suena el bip del Messenger. Es uno de los amigos que estaban ayer en mi casa, preguntando por los saldos de la noche anterior, por mi cruda y por si quedan chelas.
A las seis y media suena el timbre. Es él mismo güey del Messenger y otro cuate. Para ese momento ya estoy borracho, de nuevo. En el espacio entre el primer bip y el timbre tuve sexo electrónico con un ex-novio mientras su actual pareja estaba en el cuarto, comí algo y seguí jalándomela viendo a Roman Ragazzi.

Ahora la escena es un poco diferente. Estamos lo tres en la mesa, cada uno con una chela, platicando de Bukowski, Bret Easton Ellis y carreras de caballos. El ambiente no tiene muchas variantes en las demás horas que pasamos en mi departamento. A las diez de la noche uno de ellos se va a con una chica, o algo así, y nosotros vamos por más cerveza a la tienda, en el trayecto decidimos que es mejor ir al Viena y chupar allá, así que tomamos el metro.

Cuando llegamos el lugar se ve exactamente igual que siempre: lleno de hombres que no parecen la concurrencia normal de cualquiera de los antros gay a los que estoy acostumbrado. En realidad nada indica que sea un lugar para putos de no ser por la bandera multicolor y los hombres bailando entre sí al ritmo de Jeans o cualquier banda efímera de pop. Bueno, por supuesto también está la total ausencia de mujeres.

La noche sigue igual… chelas, bailamos un poco, cantamos todas esas canciones que por alguna razón sabemos aunque no todas nos gusten.

Observo a alguien, un tipo más pequeño que yo, con una pequeña panza y una camiseta negra. Me lo quedo viendo, quiero que se acerque a hablarme pero por alguna razón no lo hace, aunque responde a mi mirada. Lo pierdo de vista y decidimos movernos a El Oasis, el lugar de junto, el cual siempre está más lleno. En esta ocasión hay un show de trasvestis al que todo mundo le presta atención, pero yo no los puedo ver por la cantidad de gente y porque decidí salir sin lentes de la casa. Vuelvo a ver al tipo de la camiseta negra, que otra vez responde a mi mirada, pero no se acerca. Está platicando con alguien más alto que él, con pantalón de mezclilla y una camiseta blanca. Más tarde sabré que es su amigo…

Regresamos al Viena cansados de la muchedumbre y de la imposibilidad de desplazamiento. Él regresa también y se para, junto con el mismo tipo, cerca de nosotros. Trato de convencerlo con la mirada de que se acerque, pero sigue en el mismo punto, viéndome. Qué haces, me pregunta mi amigo después de ver un gesto de mi mano. Intentando ligarme a ese tipo, le respondo.

Cuando finalmente me acerco, y pretendo convencerlo de que se vaya esa noche a mi casa, resulta que al otro día sale de viaje de regreso a un estado del norte, de donde es. Después de bailar un rato con él y besarnos, decido que es inútil intentar convencerlo, busco a mi amigo y nos vamos. Lamentablemente aún faltan varias horas para que abran el metro y la persona que vive más cerca no nos puede aceptar en su casa. Así que decidimos explorar la Alameda de madrugada. Por un tiempo sólo vemos personas caminando, pero poco después encontramos una pequeña orgía en una de las bancas y nos unimos a los espectadores. Un poco después mi amigo desaparece y yo me quedo viendo, intentan convencerme de participar, pero mi valentía no es tanta como para ser parte de una orgía en la calle. Además el sueño me domina cada vez más.
Decido caminar hasta insurgentes, un vagabundo se une a los participantes y desaparezco.