martes, 10 de abril de 2007

Imágen sobre humedad en bermellón


Il lui semblait qu’il appuyait son visage

contre un miroir qui reflétait sa propre image

Jean Genet

Nuevamente siento ese olor, pesado, ácido, húmedo… demasiado húmedo. Intento ignorarlo. Extiendo la mano en busca de la pared izquierda, en busca del apagador. Aún estoy afuera, en la entrada del apartamento. La puerta abierta: todo está medio iluminado. Me apresuro a cerrarla, ya no se filtra luz del pasillo. Ahora no veo nada. Mi mano se sigue moviendo, nerviosa, en busca del apagador. Recuerdo: nunca ha existido. La lámpara junto al sofá es la única opción. La luz se detiene afuera del apartamento, ahora estoy totalmente a oscuras, es difícil moverme por el cuarto lleno de ansiedad y del líquido olor. No es la primera vez que me pasa, pero hora es normal. Era tan extraño buscar continuamente algo que nunca había existido en ninguno de los lugares en donde viví. Ahora sólo lo acepto. La casa de mi madre siempre lo tuvo a la derecha, a mi derecha, mientras que mi primer apartamento –un lugar pequeño que siempre se mantuvo vacío– tenía el primer apagador de toda la casa colgando del foco, los demás estaban afuera de los cuartos al lado derecho. Entonces, por qué siempre… Eso no importa, lo que pasa ahora es lo único. Debo concentrarme. Caminar con cuidado, no caer, no romper nada. Sobre todo no tropezar. Debo concentrarme. Prender esta sala para que la luz del pasillo nunca más se niegue a entrar. Entonces mi pie lo siente; lo que quería evitar. Inmediatamente siento la humedad, roja, sólida como nunca antes, apoderarse del cuarto, del espacio, de mis ideas. Ya no puedo hacer más que pensar en la humedad. Trato de seguir mi camino, de enfrentar a la luz contra ella, aunque sé que siempre terminan volviéndose aliadas. Mantengo mi vista fija en el punto con el que chocó mi pie. Es inútil, no veo: la oscuridad es total. Estar rodeado por la nada. Perder tu cuerpo en la nada. No soy más que una idea en la oscuridad perfecta. Me pierdo, no hay más ideas… Sé que desde que está ahí no ha cambiado, pero ahora no puedo comprobarlo, no quiero. Regreso, nuevamente estoy aquí, desvío la mirada. Puedo moverme. No sé cuanto tiempo… Estoy junto a la lámpara. Quieto. Luz. En oposición al negro absoluto me ciega el blanco, original, visión, perspectiva, lucidez absoluta, endlessness: fin último. No me muevo, me mantengo en el color, me aferro a él. Marcador temporal de la quietud intemporal, del caos interno. Cronos devorando a sus hijos. El cuarto es rojo, me esfuerzo por verlo, mientras me alejo de la seguridad del blanco. Aún estoy en la seguridad. Los ojos cerrados. Un último esfuerzo para recrear el tono exacto, imposible. Abro los ojos. Ahí está. Real. Ese olor, el de la luz, combinado con el ya existente produce algo similar al olor de un libro, Ilíada quizá, al quemarse con ácido, mientras se oyen algunos segundos vacíos de Slap Dance, sobrepuestos repetidamente a Der Feuervogel, al mismo tiempo que a unos metros se proyecta la secuencia inicial de La montaña sagrada. Un olor único moviéndose al ritmo del sonido. El cuello firme: no moverme: mirada en el vacío. No puedo. Camino hacía mi cuarto sin dejar de ver al vacío. (…ego sic perire coepi.). Ha estado aquí por treinta días, en el mismo punto, con el mismo movimiento en el interior, produciendo el mismo olor… Ego sic perire coepi. Miento, no empecé a morir así. Estoy en mi cuarto, puedo moverme libremente. Imposible verlo. Me veo en el espejo: el reflejo tiembla: una A mutila la punta de mi lengua. La peste de mi sudor, nueva, me protege. No es lo suficientemente fuerte. Me inundo de la sensación de nacimiento-vómito. Corro al baño. ¡Suficiente! Dolor. Carcome mi cabeza. Me pierdo… Nueva humedad, fría. Abro los ojos, sigo en el baño. Sangre alrededor de mi cabeza. Un olor para gobernar al otro. Metal: sangre. ¿Cómo llegué aquí?... Me duele la cabeza, no debo moverme. Me pierdo en el mar de lo que me rodea, viene de mí. Mi creación llenando el exterior de mi interior. Oigo el silencio, claro, inamovible. Afuera Géminis devora a Virgo: no hay esperanza. Crack, no era el silencio. Se escucha una voz fría, alemana. (Du libst mich so wie so). Hay alguien más despierto, no aquí. El sonido metálico de la televisión llena otro lugar (Du libst mich so wie so), se extiende hacía mí (Du libst mich so wie so). Llegué otro día y lo vi, no me atrevo a verlo desde entonces. Sé que es igual. ¿Salgo desde entonces? Treinta días, nunca más lejos que dos calles. Alimentarme es lo único que aún hago con cierto placer reminicente. Sigo en el mismo punto. Mi obra está. Sangre. Debo levantarme. Otro espejo, nada es igual. Me veo, quieto, quieto, quieto. Me sostengo la mirada, las cuencas más hundidas que antes, la piel como cera: demasiado delgado. Me veo, no más. El silencio regresa adornado por los sonidos de la electricidad, la calle, mis ruidos; imposible conocer el Silencio. Desespero, pero no debo dejar de verme. Me grito. Escupo. Cómo enfrentarme a mi reflejo, a la asquerosa sensación de ser, duplicada, a la exactitud con que se reproduce la intangible realidad, a verme mientras siento y no ver que el reflejo sienta. Golpeo el espejo con mi puño desnudo, fin. Sangro otra vez, qué más da. Debo hacer algo. Volteo, abandono mis repeticiones que aún cuelgan del marco, abandono a las que yacen en el piso o en el lavabo, volteo y dejo todo. Salgo del baño y voy a la sala. Gran error: olvidé la lámpara encendida. Lo veo. Segunda vez. Exactamente igual que antes. Quieto, no me muevo, veo. Debo forzarme a lo mismo. Ejercicio-espejo: reflejo muerto. Ver todo, soportarlo. Lo veo, el mismo movimiento interno, nada en el exterior más que la tela muerta del costal moviéndose. Todo cambia, mi reflejo cambia, ¿por qué eso no? Igual, exactamente igual, la inmutabilidad del movimiento. Camino hacia él, me obligo, debo enfrentarlo. Llego a él, su peste me agobia. Vomito por segunda vez en el día, esta vez en el piso, junto a eso. Parece reaccionar, un poco más de movimiento. Igual. La primera vez lo noté, me acerqué y no pude soportarlo. Ahora me quedo ahí. Sabor a vomito. Control. No se mueve, no cambia. Me he arruinado por esa monstruosa quietud en movimiento. Corro hasta la cocina, abro el cajón, mis manos se pierden en él. Más ruido, el sagrado ruido de mis manos en movimiento. Frío. Metal. Cuchillo. Finalmente. Regreso, resbalo con mi vómito, caigo junto a eso. Nunca había estado tan cerca. Dolor, tobillo. Me incorporo. Dolor. Lo toco, siento el movimiento. Control… control. Entierro el cuchillo tan profundo como eso me lo permite. El movimiento aumenta. El filo tiembla, el miedo se alimenta de él. Corto, dejo el cuchillo. Con las manos arranco la tela-piel. Me empapo rápido de los fluidos, me ahogoenlasensacióndelibertad. Meto mi brazo y siento el último espasmo de algo que finalmente está quieto. Meto el otro brazo y lo saco. Ahí está, reflejo perfecto. Quieto, espasmo, espasmo. Quieto. Me veo independientemente, como los demás me ven. Libre de mis propias decisiones. Lo veo, bañado en el mismo líquido que yo, igual a mí en cada centímetro, pero otro. Lo veo. Lo veo. Lo veo… Sé que siente… idea: Devorarse / es raro, ved. Ritual sagrado. Autofagia.

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