lunes, 16 de abril de 2007

El espacio intermedio


There's a gap in between.
There's a gap where we meet,
where I end and you begin.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

X will mark the place,
like the parting of the waves,

like a house falling into the sea,

into the sea.

Radiohead

Afuera, el sol humedece el aire, la tierra. Sólo se puede oír el lejano movimiento de las maquinas (una fábrica). Restos de otras vidas pueblan una barranca cercana, asfixian los ramajes secos de lo poco que alguna vez creció ahí. Lejos está el lugar en el que esas vidas siguen existiendo o desaparecen, inconcientes de su naturaleza. Unas cuantas bestias caminan entre los restos, pequeñas, alimentándose de la vida muerta.

Aún te veo. Estás parado junto a mí, con el torso desnudo. Tu cuerpo húmedo, húmedo de sales. Tus ojos se clavan en mí: no me dicen nada, atraviesan la nada que nos rodea, la nada de la cama, de los objetos cotidianos, estancados en un proceso que parece no continuar. Yo… te veo como en esos días, cuando caminábamos por las calles de la ciudad, cuando nos perdíamos por semanas o días, siempre uno junto al otro, aunque la distancia, sin significado, se interpusiera. Entonces nos acompañaba alguien más, siempre era uno diferente, uno para cada excursión. Alguien junto a ti y otro distinto, sin rostro, junto a mí. A los tuyos nunca los conocí, aunque tú pudiste haber visto a alguno de los míos.

Al regresar, después de días separados, me contabas cómo eran, qué habías hecho con ellos. Querías que yo te contara lo mismo, pero no podía, no me interesaba, en mi mente eran una misma persona nada parecida a ti, una persona de la cual no podría decirte siquiera el color de sus ojos.

Adentro está él, manchas de humor ferroso en su cuerpo. Desnudo. Un cuarto pequeño, sin separación alguna, cocina, baño, recamara, todo es lo mismo. El silencio lo ha devorado todo. No hay más. La comida comienza a pudrirse en la cocina. Parecería que todo está abandonado, de no ser por él y por Gumaro.

Llegaste a la construcción un día. Gumaro, dijiste, estoy buscando trabajo. No te puse mucha atención. El capataz llegó a preguntarte qué querías y desapareciste, te volviste líquido en el calor. Cemento, espátula, ladrillo: una y otra vez. Era lo que hacía; la cotidianidad de un trabajo mecánico en el que pensaba en mí. Voltee, ahí estabas, parado a mi lado. Hola, dijiste. Desde hoy trabajo aquí.

Esa tarde fuimos a una cantina. Rodeados por humo intentábamos perdernos de la vista de los otros. El tabaco se pegaba en mis labios, tú acercabas tus manos, ásperas, para removerlo. Hablamos de nada, de mujeres. Entonces parpadee. Al abrir los ojos estaba en tu casa.

El mismo barniz grana cubre el piso. Las paredes están vestidas solamente por el polvo, no hay nada, excepto por un poco de ropa que cubre el piso… y el barniz. El olor de afuera penetra el cuarto, se mezcla con los fluidos de éste, con los olores que aquí habitan.

El ejército y tu familia estuvieron ausentes mucho tiempo de tus palabras. Manuel, decías cuando te preguntaba por tu familia. Es por él que no me quieren hablar. Ahí se acababa todo, te quedabas en silencio, viéndome. Tus ojos me atravesaban, como si no me vieran a mí, como si vieran más allá, algo fuera de todo. Pero las palabras se escaparon un día. Manuel, dijiste rompiendo un silencio a punto de volverse demasiado sólido, mi sobrino por el que no me quiere hablar mi familia. Silencio. Me gustaba cogérmelo, dices. Él nunca contó nada, fui yo, una noche se lo conté a mi hermano, su papá. Me corrió. No sé nada más de ellos.

De lo otro, del ejercito, sólo sé por tus placas. Las encontré un día entre tus cosas, tenían tu nombre, tu edad, tu número: parecían querer atraparte: Gumaro de Dios Arias,…

Gumaro está parado junto a él. La mirada quieta. Aun así ve cada parte del otro, lo memoriza, quiere aprenderse todos aquellos detalles que antes le habían pasado por alto, penetrar en cada poro con la vista: grabar esta imagen en sí.

Cuando te encuentran, no dices nada, lo piensas un rato y hablas: un problema económico, la mezcla, sólo querías probar, un brujo que te prometió mujeres; así sigues, tejiendo palabra tras palabra con verdades reacomodadas, burlándote. Te aíslan en una celda, para que no vuelvas a hacer lo mismo, para que no encuentres al tercero que dices necesitar.

Pero eso es lo que quieres, 25 años a solas, conmigo. Quieres que cada uno de tus pies sea dos, que mi sombra viva en la tuya. Quieres que forme parte de ti: mis habilidades y recuerdos.

Les cuentas lo de Manuel, lo de la milicia y en tus palabras nosotros nos volvemos más adictos, te engalanas con algunos de mis delitos, en fin, ahora son tuyos. Tú te vuelves un loco, una basura, un prostituto que asalta turistas e inhala pegamento, en alguien que se pierde en el crack para incrementar su placer al coger. Soy un hombre malo, una mala mujer, dices, y una sonrisa se marca en tu boca. Es a mí a quien sonríes, pero ellos no me ven, no te entienden. Sé de lo que hablas: del placer de hundirse en lo inhumano, de dejar de serlo ante los ojos de otros, porque sólo entonces te sientes tú; mentiras y verdades no importan, siempre y cuando aceptes unos cuantos crímenes. Quién querría detenerse en uno, cuando tiene la oportunidad de erigirse, después de aceptar un solo crimen del que está orgulloso. Te regodeas en la crueldad. Inventas crímenes y te enorgulleces de ellos. Lentamente te conviertes en un hombre con cada nuevo pecado, te haces humano cuando ellos te ven como algo inhumano. Dices que violaste a tu sobrino Manuel, que te violaron de niño, que mataste a un general a machetazos, y a alguien más otro día, pero destruyes las razones de todos tus actos, los vuelves ingenuos, inconexos, no te eximes, eres culpable por gusto. Las causas son lo que eliminaste, o, quizá, no las eliminaste: quizá no existían. Sólo la mía existe, sólo la mía es firme en tu cabeza, aunque a ellos no se la digas completa.

El pecho de uno, una pluma suspendida, el del otro: agitado.

Llegas cuando el sol ya salió, el tiempo separa este encuentro de la última vez que nos vimos; sin embargo, sólo son días. El clima es anegante y los dos estamos cubiertos de sudor. Yo… llevo días en esta cama: viendo el aire que lo inunda todo: el calor que nos rodea. Pero ahora estoy dormido y tú me ves. Oigo tu respiración que se aparece en mis sueños, te siento, más calido que el resto de todo y abro los ojos. Ya estás desnudo, parado junto a mí. Veo el poco vello que cubre tus cicatrices. Veo lo que te hace humano, igual que yo: veo tus errores y los míos. Por primera vez eres similar a mí: igual a pesar de tu mirada que sigue perdida más allá de lo físico.

Tus manos bajan a mi pecho, lo acarician, juegan con él. Todo comienza de nuevo. Días separados y un acto de unión momentánea, para eliminarlos, para que el tiempo en el que nos perdimos se vuelva uno con esos instantes en los que nos fusionaremos.

Estás sobre mí y te siento: impenetrable, dos cuerpos demasiado duros como para que uno pueda entrar en el otro. Tus labios tocan los míos, siento tu lengua, húmeda: ya sólo somos los dos. Nos disponemos a agredirnos, a atacar tu cuerpo con el mío, a destruir el mío con el tuyo. Mis manos buscan tu sexo, pero no lo encuentran. Tu boca rodea el mío. No hemos dicho ninguna palabra. Quiero recordar tu sabor, tu olor, quiero que seamos uno, que las fronteras entre tú y yo se borren. Quiero perderme en el pequeño abismo de la muerte, contigo.

Bajo la mirada, busco la tuya, pero tus ojos están cerrados, tratas de encontrar algo en ti, tratas de perder la noción de que es otro cuerpo al que estás tocando, el que está en tu boca. Cierro los ojos también, quiero encontrarme contigo ahí, sentir lo que estás sintiendo, hacer que nuestras bocas sean una en el mismo punto en el que están ahora, pero siento tu mirada y la unidad se pierde. Somos dos cuerpos otra vez. No tiene sentido mantener los ojos cerrados, quiero enfrentar tu mirada excluyente. Llevar la mía al mismo punto en el que está la tuya. Me salgo de ti y me levanto, tú sigues viendo.

Afuera, lejos, en las calles de la ciudad, la masa de gente camina confundida, mezclada, pero sin sentir a los otros, perdidos en ellos mismos por siempre. Pero aquí estamos tú y yo, contra eso es contra lo que peleamos, contra la disociación, por eso nos agredimos, por eso intentamos violentamente destruirnos.

Me hinco frente a ti, ahora estás sentado en la cama y me acerco, repito lo mismo que tú hiciste: deseo saber si lo sentimos igual, si me sentía igual en ti que como tú te sientes en mí, pero no lo puedo saber. Alzo la mirada para verte, pero otra vez has cerrado los ojos. El juego vuelve a comenzar: encontrarnos allá en la oscuridad de nuestras mentes, donde ninguno de los dos puede entrar.

Me levanto otra vez, sostengo con fuerza tu cabello: te obligo a verme. Abres los ojos, confundido, por primera vez siento que me estas viendo a mí y no algo lejano, forcejeas, pero no te quiero soltar, no te dejo, tienes que verme. Finalmente logras desviar la mirada. Te amo, dices. Yo te veo desde mi posición: no sé que decir, yo también te amo, pero no puedo decir nada, las palabras bloquean mi garganta. Toso para escupirlas, pero no salen. Ya eres libre. Estoy confundido, tú te paras y me das la espalda. Te inclinas enfrente de mí. Ya no salen palabras de tu boca, pero sé lo que debo hacer, si yo hubiera sido el último en regresar, sería yo quien tomara tu posición. Esperas. No puedo ver tu cara, pero sé que tu mirada ha vuelto a desaparecer en la negrura de tus parpados. Te penetro, lo hago lentamente, pero igual lo siento como una agresión, la más grande que podría cometer en tu contra. Debo hacerlo, ese es el fin: destruirnos en cada embestida. Cierro los ojos mientras oigo el primero de tus gemidos. Te siento replegarte hacía mí, me muevo en ti, no puedo salir, es el momento en que nos uniremos, en que nuestra piel desaparecerá y seremos uno. Continúo, sé que tu mano se mueve desesperada sobre tu miembro. Ya no oigo tus gemidos ni los míos, aunque sé que los dos llenan el aire. Un concierto para los objetos que nos rodean, para nuestra ropa sobre el piso, pero no para nosotros que estamos a punto de encontrarnos, a punto de dejar de ser uno y uno.

Gumaro come algo, lentamente. Su mirada permanece en el mismo punto. Deja de jugar con lo que tiene en su boca y lo traga. Afuera el sol se acaba de ocultar. Ya no se ve ni se oye nada: el silencio también lo ha devorado todo.

Pones tu cabeza sobre mi pecho. Otra vez somos dos. El día ya está muriendo. Repentinamente te levantas y caminas hacia la cocina. Tomas un cuchillo, luego te paras junto a mí, volteo, te observo. Tus ojos otra vez están aquí: me ven. Reparo en el cuchillo y vuelvo a verte. Tu cara desciende hasta la mía, el filo toca mi garganta. Me besas y empiezo a sentir cómo se hunde lentamente, no duele, quiero seguir besándote. Te separas, no mucho; Te amo, me dices, mientras terminas el corte. Mis palabras finalmente escapan por la garganta, las has liberado.

Tus manos me levantan, aunque yo ya no estoy ahí. El piso. Te hincas junto a mí. Hundes el mismo cuchillo en mi abdomen y lo abres.

Se inclina, mete su mano en el abdomen del otro y, con cariño, juega con los órganos. Está desnudo, vestido con la sangre de otro cuerpo desnudo, el que yace a sus píes. Saca la mano de la cavidad, sabe que ahí no hay más que sangre y los restos del ser que quiere atar a sí. Arranca un trozo de ese cuerpo, lo mete a su boca. Voltea hacia el rostro, se inclina y besa uno de los ojos. Comienza a masticar.

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