martes, 10 de abril de 2007

( )


Para K.

Han pasado dos días desde que llegué aquí,

¿cómo…?

pero ahora parece lejano, como si una eternidad se hubiera plantado en mis recuerdos. Es ridículo, pero no puedo asegurar que haya sido yo quien dio alguno de esos pasos. Ayer, o el día que regresé, no importa cuando fuera eso, ya sentía una pérdida, mis recuerdos dejaban de ser míos, no eran más que una colección de sucesos en los que yo no podía haber participado. Ajenos como los recuerdos de películas o libros. Pero ahora, aquí, frente al papel, tengo que obligarme a atravesar esa nebulosa ausencia, encontrar los detalles que permanecen, hacer que surjan de la tinta. Sólo dos días y ya no puedo asegurar que existieron, nada hay más allá de un olvido a ser. Recuerdos cada vez más falsos llenarán de sentido cada letra; sólo así podré regresar a ella, encontrar sus palabras para no olvidar más, para no olvidarme. Aunque, un día, sólo veré los papeles y no serán más que las anotaciones de un loco: un cuento más.

El día en que el aire dejó de oler a tierra, vi el sol sobre mí por primera vez, pero sus sombras no me acosaban. Entonces ya había abandonado todo, no podía creer que la guerra continuara, que aún atacase alguien desconocido, que fuera imposible ver la superficie y que nadie debía de saber sobre ese lugar para evitar el simple deseo de salir. Ahora no puedo asegurar que sea una guerra, o que aún suceda en algún lugar. Se supone que todo había empezado hacía un siglo o más, la verdad nadie la conocía, ni siquiera los pocos que sabíamos de los ataques. El privilegio de nuestra clase era saber de la guerra, pero no todo estaba a nuestro alcance.

A nosotros nos contaban cómo un día había caído un rayo y luego muchos más, todos en el mismo punto, no había nubes en el cielo, sin embargo llovía,

el día que finalmente te vuelva a ver, ya no te recordaré.

ese lugar era el centro de alguna ciudad. Cuál, ya nadie lo sabía. No importaba, ya no había restos de él,

será en el mismo punto donde desapareciste.

sólo quedaba un solar negro. El ataque había sido continuo, noche tras noche un rayo buscaba desesperado ese punto. De pronto ya no era la soledad de uno, sino muchos abrazando edificios, calles. Las razones no existían, parecía que nada lo provocaba, sólo era. Otras ciudades comenzaron a ser devastadas por ellos. Un día fueron todas. Cada noche, el cielo estaba limpio y una lluvia helada se comía las ciudades. Horas de agua antes de que la luz llegara a destruir todo, pero ninguno penetraba la tierra en el mismo punto, sólo ese

estarás de pie, hablando con alguien: te reconoceré por tus silencios

rayo. No había a quien atacar, sólo quedaba huir. Primero al campo, pero los ataques comenzaban ahí también. Una vez que caía el primer rayo ya nunca se detenían, no importaba que estuvieran desiertas las ciudades. Luego se formó mi mundo: ciudades subterráneas.

Y un día salí: tenía el privilegio de saber que vivíamos abajo. Ese día caminé junto a las ruinas del mundo que ahora veo. Casi ningún edificio quedaba, pero pasé toda la tarde caminando, hasta que la lluvia golpeó mi rostro. Corrí, quería encontrar dónde resguardarme, los rayos aún no caían. Entonces vi el único edificio que permanecía entero, una especie de iglesia antigua. Así conocí a Eva, estaba frente al altar de esa construcción abandonada, un lugar para adorar algo, aquí era una estatua. Estaba empapada, viendo, entre confusa y divertida, la estatua que colgaba sobre el altar, un hombre cuya belleza podría haber estado oculta tras heridas, sangre, costras, un aro de espinas clavado en su cabeza, de la cual también escurría sangre, estaba, además, fijo a dos maderos yuxtapuestos. Eva contemplaba al hombre atrapado eternamente en el paroxismo, hermoso de otra forma. Su mirada se perdía en la de aquél que veía hacia el infinito de su ceguera. Me acerqué lento, cada paso era magnificado por las gotas que escurrían de mi ropa, por el vacío del mundo, me estremecí a causa del frío y el miedo que me provocaba ver a una mujer

( )Eva( ), gritaré. Sin saber de dónde viene tu nombre

ahí. Cuando llegué a su lado pude ver la extraña mueca que interpreté como una sonrisa. Un gesto más metálico que vivo, un gesto digno de una Eva. Era la primera vez que la veía. Ella volteo hacia mí, sin verme, luego hacia la puerta. Se dispuso a salir: en ese momento le hablé. Su boca exclamó un grito vacío

esa vez no habrá grito, pero tus ojos me tocarán.

y me vio. Mas tarde ella intentaría llenar ese sonido, pero para mí siempre será un grito vació, carente de sentimientos o de significado. Afuera el cielo vomitaba agua, pero la luz aún no existía. Se acercó a mí y volvió a hacer ese gesto. Dijo su nombre: ( )Eva( ). Así, pronunciando los silencios antes y después de su nombre. Eso es lo que mejor recuerdo de ella, la manera en que se acomodaba su garganta antes de cualquier sonido, la manera en que decía cada silencio: silencios que, a diferencia de su grito, estaban llenos de todo significado. Eso es lo que recuerdo de mi primer encuentro con Eva, los mutismos que nos anulaban, en los que nos perdíamos.

Por tus ojos creeré que no me conoces más y balbucearé mi nombre,

De lo otro sólo recuerdo unos gemidos y… nada. Pero sé que en ese momento la amé.

Las gotas, infinitas, seguían cayendo cuando nos separamos. Me levanté de mi puesto en el piso al mismo tiempo que se oía un ruido atrás de la construcción, y me dirigí a la puerta. Salí, ella un poco después, pero no se detuvo a mi lado. Entonces pasó: una gota de luz incendió el aire, por un momento todo desapareció entre la luminosa ceguera. Luego otra tocó el piso, en el mismo punto. Menos luminosa: una violenta cópula, el cielo se unía con la tierra, la lluvia lo acariciaba, arañaba su piel. Caminamos hacía el rayo primero, ella siempre delante de mí.

No estábamos solos. Un hombre estaba parado frente al rayo. Cuando llegamos él estaba ahí, viendo. El rayo golpeaba una y otra vez. Eva se acercó a él y le susurró algo en el oído. Él volteó a verme, dijo su nombre: Khert: cada letra tenía un sonido nuevo, pero no estaban los silencios de Eva. No dijo nada más y fue hacía el rayo, se paró en el punto donde golpeaba y desapareció.

Por tres días hicimos lo mismo, cada noche veíamos caer el mismo rayo, hasta que ella decidió entrar en él, algo vio ahí y me dejó:

un nuevo gesto aparecerá en tu boca

la vi desvanecerse. Siempre, al menos mientras lo recuerde, me dolerá. Regresé a la antigua ciudad, pero ya no existía, se la había llevado consigo. Caminé solo, recorrí mi vació y el de la ciudad. Luego… el rayo. Todas las noches, afuera, esperaba ver algo en él: ( ). Incluso aprendí a sentir el calor en la lluvia que congelaba mi espalda. Ese calor parecía venir de mí, quemaba mi cara, mi piel, chocaba con mi ropa y finalmente salía, después de haber incendiado mi interior. Pero nunca se iba del todo, siempre regresaba: desde dentro.

¿Qué esperaba ver? Cada noche intentaba encontrar una razón para quedarme. Lentamente me fui convenciendo de que no la esperaba a ella, que esperaba la nada, pero tampoco podía encontrarla. Entonces la vi. La nada. La ausencia absoluta estaba ahí, en el rayo. Siempre había estado ahí, pero en ese momento lo ocupaba todo. Escuché el palpitar constante de la luz adentro, muy cerca de mí. Sabía que estaba caminando, que me acercaba al rayo, pero no lo sentía, no era yo el que se movía, era todo, era el universo completo que me veía a cada paso, que se unía conmigo y yo dejaba de ser algo. Llegué al punto en el que vi desaparecer a Khert y a Eva, ya no tenía dudas, simplemente ya no era.

Y luego otro liquido, otra luz, otro camino y yo. Todo volvía a existir y yo era nuevamente: podía sentir mis pasos.

Ahora estaba en el mismo lugar, pero la noche lo incendiaba todo y algo blanco cubría el piso. La gente caminaba cerca de mí, podía sentir las cosas, pero de una forma muy diferente, todo era muy

dirás tu nombre y te irás.

material. Luego oscuridad. No había nadie ya, lentamente me hundía en eso blanco, pero no era húmedo o seco, era diferente: calido y espeso. Luché un poco por no hundirme, pero todo era líquido, no había de donde aferrarme. Estaba adentro, intenté abrir los ojos, pero no había nada, todo era blanco. Nada otra vez: otra nada.

Finalmente aparecí en la plaza, en el centro de la misma ciudad, pero ya no había ruinas, todos los edificios estaban completos, caminé por todas las calles, cansado de no conocer nada y sentir, cada vez más, que todo era muy familiar. Intenté entrar en algunas construcciones, pero se negaban. Las calles llenas de desconocidos. De pronto oí la voz de alguien, decía mi nombre, pero no supe quien era, sólo el vago recuerdo de un amigo apareció en mi mente.

Nunca había estado en esa ciudad, pero las calles comenzaban a aparecer en mis recuerdos: trayectos, casas. Me detuve frente a una, encontré unas llaves en mi pantalón y abrí la puerta. Había una mujer sentada ahí, alguien desconocido, pero la saludé y, como si fuera una rutina diaria, la besé. Sentí que la quería.

Yo lo entenderé y sabré decir mi nombre,

Dije lo primero que vino a mi mente y subí por las escaleras. Entré a un cuarto, muy familiar, luego otro dentro de él. Me desnudé, abrí una llave y el agua comenzó a fluir, me quedé bajo el chorro. Cerré los ojos y vi a Eva bañada por la lluvia. El agua pegaba en mi rostro también. La vi entrar al rayo y decir algo: ( ). No escuchaba.

podré incendiar mi garganta con el fuego de cada letra, con el fuego de cada silencio.

Todo se volvió negro y me perdí.

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