lunes, 16 de abril de 2007

El espacio intermedio


There's a gap in between.
There's a gap where we meet,
where I end and you begin.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

X will mark the place,
like the parting of the waves,

like a house falling into the sea,

into the sea.

Radiohead

Afuera, el sol humedece el aire, la tierra. Sólo se puede oír el lejano movimiento de las maquinas (una fábrica). Restos de otras vidas pueblan una barranca cercana, asfixian los ramajes secos de lo poco que alguna vez creció ahí. Lejos está el lugar en el que esas vidas siguen existiendo o desaparecen, inconcientes de su naturaleza. Unas cuantas bestias caminan entre los restos, pequeñas, alimentándose de la vida muerta.

Aún te veo. Estás parado junto a mí, con el torso desnudo. Tu cuerpo húmedo, húmedo de sales. Tus ojos se clavan en mí: no me dicen nada, atraviesan la nada que nos rodea, la nada de la cama, de los objetos cotidianos, estancados en un proceso que parece no continuar. Yo… te veo como en esos días, cuando caminábamos por las calles de la ciudad, cuando nos perdíamos por semanas o días, siempre uno junto al otro, aunque la distancia, sin significado, se interpusiera. Entonces nos acompañaba alguien más, siempre era uno diferente, uno para cada excursión. Alguien junto a ti y otro distinto, sin rostro, junto a mí. A los tuyos nunca los conocí, aunque tú pudiste haber visto a alguno de los míos.

Al regresar, después de días separados, me contabas cómo eran, qué habías hecho con ellos. Querías que yo te contara lo mismo, pero no podía, no me interesaba, en mi mente eran una misma persona nada parecida a ti, una persona de la cual no podría decirte siquiera el color de sus ojos.

Adentro está él, manchas de humor ferroso en su cuerpo. Desnudo. Un cuarto pequeño, sin separación alguna, cocina, baño, recamara, todo es lo mismo. El silencio lo ha devorado todo. No hay más. La comida comienza a pudrirse en la cocina. Parecería que todo está abandonado, de no ser por él y por Gumaro.

Llegaste a la construcción un día. Gumaro, dijiste, estoy buscando trabajo. No te puse mucha atención. El capataz llegó a preguntarte qué querías y desapareciste, te volviste líquido en el calor. Cemento, espátula, ladrillo: una y otra vez. Era lo que hacía; la cotidianidad de un trabajo mecánico en el que pensaba en mí. Voltee, ahí estabas, parado a mi lado. Hola, dijiste. Desde hoy trabajo aquí.

Esa tarde fuimos a una cantina. Rodeados por humo intentábamos perdernos de la vista de los otros. El tabaco se pegaba en mis labios, tú acercabas tus manos, ásperas, para removerlo. Hablamos de nada, de mujeres. Entonces parpadee. Al abrir los ojos estaba en tu casa.

El mismo barniz grana cubre el piso. Las paredes están vestidas solamente por el polvo, no hay nada, excepto por un poco de ropa que cubre el piso… y el barniz. El olor de afuera penetra el cuarto, se mezcla con los fluidos de éste, con los olores que aquí habitan.

El ejército y tu familia estuvieron ausentes mucho tiempo de tus palabras. Manuel, decías cuando te preguntaba por tu familia. Es por él que no me quieren hablar. Ahí se acababa todo, te quedabas en silencio, viéndome. Tus ojos me atravesaban, como si no me vieran a mí, como si vieran más allá, algo fuera de todo. Pero las palabras se escaparon un día. Manuel, dijiste rompiendo un silencio a punto de volverse demasiado sólido, mi sobrino por el que no me quiere hablar mi familia. Silencio. Me gustaba cogérmelo, dices. Él nunca contó nada, fui yo, una noche se lo conté a mi hermano, su papá. Me corrió. No sé nada más de ellos.

De lo otro, del ejercito, sólo sé por tus placas. Las encontré un día entre tus cosas, tenían tu nombre, tu edad, tu número: parecían querer atraparte: Gumaro de Dios Arias,…

Gumaro está parado junto a él. La mirada quieta. Aun así ve cada parte del otro, lo memoriza, quiere aprenderse todos aquellos detalles que antes le habían pasado por alto, penetrar en cada poro con la vista: grabar esta imagen en sí.

Cuando te encuentran, no dices nada, lo piensas un rato y hablas: un problema económico, la mezcla, sólo querías probar, un brujo que te prometió mujeres; así sigues, tejiendo palabra tras palabra con verdades reacomodadas, burlándote. Te aíslan en una celda, para que no vuelvas a hacer lo mismo, para que no encuentres al tercero que dices necesitar.

Pero eso es lo que quieres, 25 años a solas, conmigo. Quieres que cada uno de tus pies sea dos, que mi sombra viva en la tuya. Quieres que forme parte de ti: mis habilidades y recuerdos.

Les cuentas lo de Manuel, lo de la milicia y en tus palabras nosotros nos volvemos más adictos, te engalanas con algunos de mis delitos, en fin, ahora son tuyos. Tú te vuelves un loco, una basura, un prostituto que asalta turistas e inhala pegamento, en alguien que se pierde en el crack para incrementar su placer al coger. Soy un hombre malo, una mala mujer, dices, y una sonrisa se marca en tu boca. Es a mí a quien sonríes, pero ellos no me ven, no te entienden. Sé de lo que hablas: del placer de hundirse en lo inhumano, de dejar de serlo ante los ojos de otros, porque sólo entonces te sientes tú; mentiras y verdades no importan, siempre y cuando aceptes unos cuantos crímenes. Quién querría detenerse en uno, cuando tiene la oportunidad de erigirse, después de aceptar un solo crimen del que está orgulloso. Te regodeas en la crueldad. Inventas crímenes y te enorgulleces de ellos. Lentamente te conviertes en un hombre con cada nuevo pecado, te haces humano cuando ellos te ven como algo inhumano. Dices que violaste a tu sobrino Manuel, que te violaron de niño, que mataste a un general a machetazos, y a alguien más otro día, pero destruyes las razones de todos tus actos, los vuelves ingenuos, inconexos, no te eximes, eres culpable por gusto. Las causas son lo que eliminaste, o, quizá, no las eliminaste: quizá no existían. Sólo la mía existe, sólo la mía es firme en tu cabeza, aunque a ellos no se la digas completa.

El pecho de uno, una pluma suspendida, el del otro: agitado.

Llegas cuando el sol ya salió, el tiempo separa este encuentro de la última vez que nos vimos; sin embargo, sólo son días. El clima es anegante y los dos estamos cubiertos de sudor. Yo… llevo días en esta cama: viendo el aire que lo inunda todo: el calor que nos rodea. Pero ahora estoy dormido y tú me ves. Oigo tu respiración que se aparece en mis sueños, te siento, más calido que el resto de todo y abro los ojos. Ya estás desnudo, parado junto a mí. Veo el poco vello que cubre tus cicatrices. Veo lo que te hace humano, igual que yo: veo tus errores y los míos. Por primera vez eres similar a mí: igual a pesar de tu mirada que sigue perdida más allá de lo físico.

Tus manos bajan a mi pecho, lo acarician, juegan con él. Todo comienza de nuevo. Días separados y un acto de unión momentánea, para eliminarlos, para que el tiempo en el que nos perdimos se vuelva uno con esos instantes en los que nos fusionaremos.

Estás sobre mí y te siento: impenetrable, dos cuerpos demasiado duros como para que uno pueda entrar en el otro. Tus labios tocan los míos, siento tu lengua, húmeda: ya sólo somos los dos. Nos disponemos a agredirnos, a atacar tu cuerpo con el mío, a destruir el mío con el tuyo. Mis manos buscan tu sexo, pero no lo encuentran. Tu boca rodea el mío. No hemos dicho ninguna palabra. Quiero recordar tu sabor, tu olor, quiero que seamos uno, que las fronteras entre tú y yo se borren. Quiero perderme en el pequeño abismo de la muerte, contigo.

Bajo la mirada, busco la tuya, pero tus ojos están cerrados, tratas de encontrar algo en ti, tratas de perder la noción de que es otro cuerpo al que estás tocando, el que está en tu boca. Cierro los ojos también, quiero encontrarme contigo ahí, sentir lo que estás sintiendo, hacer que nuestras bocas sean una en el mismo punto en el que están ahora, pero siento tu mirada y la unidad se pierde. Somos dos cuerpos otra vez. No tiene sentido mantener los ojos cerrados, quiero enfrentar tu mirada excluyente. Llevar la mía al mismo punto en el que está la tuya. Me salgo de ti y me levanto, tú sigues viendo.

Afuera, lejos, en las calles de la ciudad, la masa de gente camina confundida, mezclada, pero sin sentir a los otros, perdidos en ellos mismos por siempre. Pero aquí estamos tú y yo, contra eso es contra lo que peleamos, contra la disociación, por eso nos agredimos, por eso intentamos violentamente destruirnos.

Me hinco frente a ti, ahora estás sentado en la cama y me acerco, repito lo mismo que tú hiciste: deseo saber si lo sentimos igual, si me sentía igual en ti que como tú te sientes en mí, pero no lo puedo saber. Alzo la mirada para verte, pero otra vez has cerrado los ojos. El juego vuelve a comenzar: encontrarnos allá en la oscuridad de nuestras mentes, donde ninguno de los dos puede entrar.

Me levanto otra vez, sostengo con fuerza tu cabello: te obligo a verme. Abres los ojos, confundido, por primera vez siento que me estas viendo a mí y no algo lejano, forcejeas, pero no te quiero soltar, no te dejo, tienes que verme. Finalmente logras desviar la mirada. Te amo, dices. Yo te veo desde mi posición: no sé que decir, yo también te amo, pero no puedo decir nada, las palabras bloquean mi garganta. Toso para escupirlas, pero no salen. Ya eres libre. Estoy confundido, tú te paras y me das la espalda. Te inclinas enfrente de mí. Ya no salen palabras de tu boca, pero sé lo que debo hacer, si yo hubiera sido el último en regresar, sería yo quien tomara tu posición. Esperas. No puedo ver tu cara, pero sé que tu mirada ha vuelto a desaparecer en la negrura de tus parpados. Te penetro, lo hago lentamente, pero igual lo siento como una agresión, la más grande que podría cometer en tu contra. Debo hacerlo, ese es el fin: destruirnos en cada embestida. Cierro los ojos mientras oigo el primero de tus gemidos. Te siento replegarte hacía mí, me muevo en ti, no puedo salir, es el momento en que nos uniremos, en que nuestra piel desaparecerá y seremos uno. Continúo, sé que tu mano se mueve desesperada sobre tu miembro. Ya no oigo tus gemidos ni los míos, aunque sé que los dos llenan el aire. Un concierto para los objetos que nos rodean, para nuestra ropa sobre el piso, pero no para nosotros que estamos a punto de encontrarnos, a punto de dejar de ser uno y uno.

Gumaro come algo, lentamente. Su mirada permanece en el mismo punto. Deja de jugar con lo que tiene en su boca y lo traga. Afuera el sol se acaba de ocultar. Ya no se ve ni se oye nada: el silencio también lo ha devorado todo.

Pones tu cabeza sobre mi pecho. Otra vez somos dos. El día ya está muriendo. Repentinamente te levantas y caminas hacia la cocina. Tomas un cuchillo, luego te paras junto a mí, volteo, te observo. Tus ojos otra vez están aquí: me ven. Reparo en el cuchillo y vuelvo a verte. Tu cara desciende hasta la mía, el filo toca mi garganta. Me besas y empiezo a sentir cómo se hunde lentamente, no duele, quiero seguir besándote. Te separas, no mucho; Te amo, me dices, mientras terminas el corte. Mis palabras finalmente escapan por la garganta, las has liberado.

Tus manos me levantan, aunque yo ya no estoy ahí. El piso. Te hincas junto a mí. Hundes el mismo cuchillo en mi abdomen y lo abres.

Se inclina, mete su mano en el abdomen del otro y, con cariño, juega con los órganos. Está desnudo, vestido con la sangre de otro cuerpo desnudo, el que yace a sus píes. Saca la mano de la cavidad, sabe que ahí no hay más que sangre y los restos del ser que quiere atar a sí. Arranca un trozo de ese cuerpo, lo mete a su boca. Voltea hacia el rostro, se inclina y besa uno de los ojos. Comienza a masticar.

martes, 10 de abril de 2007

( )


Para K.

Han pasado dos días desde que llegué aquí,

¿cómo…?

pero ahora parece lejano, como si una eternidad se hubiera plantado en mis recuerdos. Es ridículo, pero no puedo asegurar que haya sido yo quien dio alguno de esos pasos. Ayer, o el día que regresé, no importa cuando fuera eso, ya sentía una pérdida, mis recuerdos dejaban de ser míos, no eran más que una colección de sucesos en los que yo no podía haber participado. Ajenos como los recuerdos de películas o libros. Pero ahora, aquí, frente al papel, tengo que obligarme a atravesar esa nebulosa ausencia, encontrar los detalles que permanecen, hacer que surjan de la tinta. Sólo dos días y ya no puedo asegurar que existieron, nada hay más allá de un olvido a ser. Recuerdos cada vez más falsos llenarán de sentido cada letra; sólo así podré regresar a ella, encontrar sus palabras para no olvidar más, para no olvidarme. Aunque, un día, sólo veré los papeles y no serán más que las anotaciones de un loco: un cuento más.

El día en que el aire dejó de oler a tierra, vi el sol sobre mí por primera vez, pero sus sombras no me acosaban. Entonces ya había abandonado todo, no podía creer que la guerra continuara, que aún atacase alguien desconocido, que fuera imposible ver la superficie y que nadie debía de saber sobre ese lugar para evitar el simple deseo de salir. Ahora no puedo asegurar que sea una guerra, o que aún suceda en algún lugar. Se supone que todo había empezado hacía un siglo o más, la verdad nadie la conocía, ni siquiera los pocos que sabíamos de los ataques. El privilegio de nuestra clase era saber de la guerra, pero no todo estaba a nuestro alcance.

A nosotros nos contaban cómo un día había caído un rayo y luego muchos más, todos en el mismo punto, no había nubes en el cielo, sin embargo llovía,

el día que finalmente te vuelva a ver, ya no te recordaré.

ese lugar era el centro de alguna ciudad. Cuál, ya nadie lo sabía. No importaba, ya no había restos de él,

será en el mismo punto donde desapareciste.

sólo quedaba un solar negro. El ataque había sido continuo, noche tras noche un rayo buscaba desesperado ese punto. De pronto ya no era la soledad de uno, sino muchos abrazando edificios, calles. Las razones no existían, parecía que nada lo provocaba, sólo era. Otras ciudades comenzaron a ser devastadas por ellos. Un día fueron todas. Cada noche, el cielo estaba limpio y una lluvia helada se comía las ciudades. Horas de agua antes de que la luz llegara a destruir todo, pero ninguno penetraba la tierra en el mismo punto, sólo ese

estarás de pie, hablando con alguien: te reconoceré por tus silencios

rayo. No había a quien atacar, sólo quedaba huir. Primero al campo, pero los ataques comenzaban ahí también. Una vez que caía el primer rayo ya nunca se detenían, no importaba que estuvieran desiertas las ciudades. Luego se formó mi mundo: ciudades subterráneas.

Y un día salí: tenía el privilegio de saber que vivíamos abajo. Ese día caminé junto a las ruinas del mundo que ahora veo. Casi ningún edificio quedaba, pero pasé toda la tarde caminando, hasta que la lluvia golpeó mi rostro. Corrí, quería encontrar dónde resguardarme, los rayos aún no caían. Entonces vi el único edificio que permanecía entero, una especie de iglesia antigua. Así conocí a Eva, estaba frente al altar de esa construcción abandonada, un lugar para adorar algo, aquí era una estatua. Estaba empapada, viendo, entre confusa y divertida, la estatua que colgaba sobre el altar, un hombre cuya belleza podría haber estado oculta tras heridas, sangre, costras, un aro de espinas clavado en su cabeza, de la cual también escurría sangre, estaba, además, fijo a dos maderos yuxtapuestos. Eva contemplaba al hombre atrapado eternamente en el paroxismo, hermoso de otra forma. Su mirada se perdía en la de aquél que veía hacia el infinito de su ceguera. Me acerqué lento, cada paso era magnificado por las gotas que escurrían de mi ropa, por el vacío del mundo, me estremecí a causa del frío y el miedo que me provocaba ver a una mujer

( )Eva( ), gritaré. Sin saber de dónde viene tu nombre

ahí. Cuando llegué a su lado pude ver la extraña mueca que interpreté como una sonrisa. Un gesto más metálico que vivo, un gesto digno de una Eva. Era la primera vez que la veía. Ella volteo hacia mí, sin verme, luego hacia la puerta. Se dispuso a salir: en ese momento le hablé. Su boca exclamó un grito vacío

esa vez no habrá grito, pero tus ojos me tocarán.

y me vio. Mas tarde ella intentaría llenar ese sonido, pero para mí siempre será un grito vació, carente de sentimientos o de significado. Afuera el cielo vomitaba agua, pero la luz aún no existía. Se acercó a mí y volvió a hacer ese gesto. Dijo su nombre: ( )Eva( ). Así, pronunciando los silencios antes y después de su nombre. Eso es lo que mejor recuerdo de ella, la manera en que se acomodaba su garganta antes de cualquier sonido, la manera en que decía cada silencio: silencios que, a diferencia de su grito, estaban llenos de todo significado. Eso es lo que recuerdo de mi primer encuentro con Eva, los mutismos que nos anulaban, en los que nos perdíamos.

Por tus ojos creeré que no me conoces más y balbucearé mi nombre,

De lo otro sólo recuerdo unos gemidos y… nada. Pero sé que en ese momento la amé.

Las gotas, infinitas, seguían cayendo cuando nos separamos. Me levanté de mi puesto en el piso al mismo tiempo que se oía un ruido atrás de la construcción, y me dirigí a la puerta. Salí, ella un poco después, pero no se detuvo a mi lado. Entonces pasó: una gota de luz incendió el aire, por un momento todo desapareció entre la luminosa ceguera. Luego otra tocó el piso, en el mismo punto. Menos luminosa: una violenta cópula, el cielo se unía con la tierra, la lluvia lo acariciaba, arañaba su piel. Caminamos hacía el rayo primero, ella siempre delante de mí.

No estábamos solos. Un hombre estaba parado frente al rayo. Cuando llegamos él estaba ahí, viendo. El rayo golpeaba una y otra vez. Eva se acercó a él y le susurró algo en el oído. Él volteó a verme, dijo su nombre: Khert: cada letra tenía un sonido nuevo, pero no estaban los silencios de Eva. No dijo nada más y fue hacía el rayo, se paró en el punto donde golpeaba y desapareció.

Por tres días hicimos lo mismo, cada noche veíamos caer el mismo rayo, hasta que ella decidió entrar en él, algo vio ahí y me dejó:

un nuevo gesto aparecerá en tu boca

la vi desvanecerse. Siempre, al menos mientras lo recuerde, me dolerá. Regresé a la antigua ciudad, pero ya no existía, se la había llevado consigo. Caminé solo, recorrí mi vació y el de la ciudad. Luego… el rayo. Todas las noches, afuera, esperaba ver algo en él: ( ). Incluso aprendí a sentir el calor en la lluvia que congelaba mi espalda. Ese calor parecía venir de mí, quemaba mi cara, mi piel, chocaba con mi ropa y finalmente salía, después de haber incendiado mi interior. Pero nunca se iba del todo, siempre regresaba: desde dentro.

¿Qué esperaba ver? Cada noche intentaba encontrar una razón para quedarme. Lentamente me fui convenciendo de que no la esperaba a ella, que esperaba la nada, pero tampoco podía encontrarla. Entonces la vi. La nada. La ausencia absoluta estaba ahí, en el rayo. Siempre había estado ahí, pero en ese momento lo ocupaba todo. Escuché el palpitar constante de la luz adentro, muy cerca de mí. Sabía que estaba caminando, que me acercaba al rayo, pero no lo sentía, no era yo el que se movía, era todo, era el universo completo que me veía a cada paso, que se unía conmigo y yo dejaba de ser algo. Llegué al punto en el que vi desaparecer a Khert y a Eva, ya no tenía dudas, simplemente ya no era.

Y luego otro liquido, otra luz, otro camino y yo. Todo volvía a existir y yo era nuevamente: podía sentir mis pasos.

Ahora estaba en el mismo lugar, pero la noche lo incendiaba todo y algo blanco cubría el piso. La gente caminaba cerca de mí, podía sentir las cosas, pero de una forma muy diferente, todo era muy

dirás tu nombre y te irás.

material. Luego oscuridad. No había nadie ya, lentamente me hundía en eso blanco, pero no era húmedo o seco, era diferente: calido y espeso. Luché un poco por no hundirme, pero todo era líquido, no había de donde aferrarme. Estaba adentro, intenté abrir los ojos, pero no había nada, todo era blanco. Nada otra vez: otra nada.

Finalmente aparecí en la plaza, en el centro de la misma ciudad, pero ya no había ruinas, todos los edificios estaban completos, caminé por todas las calles, cansado de no conocer nada y sentir, cada vez más, que todo era muy familiar. Intenté entrar en algunas construcciones, pero se negaban. Las calles llenas de desconocidos. De pronto oí la voz de alguien, decía mi nombre, pero no supe quien era, sólo el vago recuerdo de un amigo apareció en mi mente.

Nunca había estado en esa ciudad, pero las calles comenzaban a aparecer en mis recuerdos: trayectos, casas. Me detuve frente a una, encontré unas llaves en mi pantalón y abrí la puerta. Había una mujer sentada ahí, alguien desconocido, pero la saludé y, como si fuera una rutina diaria, la besé. Sentí que la quería.

Yo lo entenderé y sabré decir mi nombre,

Dije lo primero que vino a mi mente y subí por las escaleras. Entré a un cuarto, muy familiar, luego otro dentro de él. Me desnudé, abrí una llave y el agua comenzó a fluir, me quedé bajo el chorro. Cerré los ojos y vi a Eva bañada por la lluvia. El agua pegaba en mi rostro también. La vi entrar al rayo y decir algo: ( ). No escuchaba.

podré incendiar mi garganta con el fuego de cada letra, con el fuego de cada silencio.

Todo se volvió negro y me perdí.

Imágen sobre humedad en bermellón


Il lui semblait qu’il appuyait son visage

contre un miroir qui reflétait sa propre image

Jean Genet

Nuevamente siento ese olor, pesado, ácido, húmedo… demasiado húmedo. Intento ignorarlo. Extiendo la mano en busca de la pared izquierda, en busca del apagador. Aún estoy afuera, en la entrada del apartamento. La puerta abierta: todo está medio iluminado. Me apresuro a cerrarla, ya no se filtra luz del pasillo. Ahora no veo nada. Mi mano se sigue moviendo, nerviosa, en busca del apagador. Recuerdo: nunca ha existido. La lámpara junto al sofá es la única opción. La luz se detiene afuera del apartamento, ahora estoy totalmente a oscuras, es difícil moverme por el cuarto lleno de ansiedad y del líquido olor. No es la primera vez que me pasa, pero hora es normal. Era tan extraño buscar continuamente algo que nunca había existido en ninguno de los lugares en donde viví. Ahora sólo lo acepto. La casa de mi madre siempre lo tuvo a la derecha, a mi derecha, mientras que mi primer apartamento –un lugar pequeño que siempre se mantuvo vacío– tenía el primer apagador de toda la casa colgando del foco, los demás estaban afuera de los cuartos al lado derecho. Entonces, por qué siempre… Eso no importa, lo que pasa ahora es lo único. Debo concentrarme. Caminar con cuidado, no caer, no romper nada. Sobre todo no tropezar. Debo concentrarme. Prender esta sala para que la luz del pasillo nunca más se niegue a entrar. Entonces mi pie lo siente; lo que quería evitar. Inmediatamente siento la humedad, roja, sólida como nunca antes, apoderarse del cuarto, del espacio, de mis ideas. Ya no puedo hacer más que pensar en la humedad. Trato de seguir mi camino, de enfrentar a la luz contra ella, aunque sé que siempre terminan volviéndose aliadas. Mantengo mi vista fija en el punto con el que chocó mi pie. Es inútil, no veo: la oscuridad es total. Estar rodeado por la nada. Perder tu cuerpo en la nada. No soy más que una idea en la oscuridad perfecta. Me pierdo, no hay más ideas… Sé que desde que está ahí no ha cambiado, pero ahora no puedo comprobarlo, no quiero. Regreso, nuevamente estoy aquí, desvío la mirada. Puedo moverme. No sé cuanto tiempo… Estoy junto a la lámpara. Quieto. Luz. En oposición al negro absoluto me ciega el blanco, original, visión, perspectiva, lucidez absoluta, endlessness: fin último. No me muevo, me mantengo en el color, me aferro a él. Marcador temporal de la quietud intemporal, del caos interno. Cronos devorando a sus hijos. El cuarto es rojo, me esfuerzo por verlo, mientras me alejo de la seguridad del blanco. Aún estoy en la seguridad. Los ojos cerrados. Un último esfuerzo para recrear el tono exacto, imposible. Abro los ojos. Ahí está. Real. Ese olor, el de la luz, combinado con el ya existente produce algo similar al olor de un libro, Ilíada quizá, al quemarse con ácido, mientras se oyen algunos segundos vacíos de Slap Dance, sobrepuestos repetidamente a Der Feuervogel, al mismo tiempo que a unos metros se proyecta la secuencia inicial de La montaña sagrada. Un olor único moviéndose al ritmo del sonido. El cuello firme: no moverme: mirada en el vacío. No puedo. Camino hacía mi cuarto sin dejar de ver al vacío. (…ego sic perire coepi.). Ha estado aquí por treinta días, en el mismo punto, con el mismo movimiento en el interior, produciendo el mismo olor… Ego sic perire coepi. Miento, no empecé a morir así. Estoy en mi cuarto, puedo moverme libremente. Imposible verlo. Me veo en el espejo: el reflejo tiembla: una A mutila la punta de mi lengua. La peste de mi sudor, nueva, me protege. No es lo suficientemente fuerte. Me inundo de la sensación de nacimiento-vómito. Corro al baño. ¡Suficiente! Dolor. Carcome mi cabeza. Me pierdo… Nueva humedad, fría. Abro los ojos, sigo en el baño. Sangre alrededor de mi cabeza. Un olor para gobernar al otro. Metal: sangre. ¿Cómo llegué aquí?... Me duele la cabeza, no debo moverme. Me pierdo en el mar de lo que me rodea, viene de mí. Mi creación llenando el exterior de mi interior. Oigo el silencio, claro, inamovible. Afuera Géminis devora a Virgo: no hay esperanza. Crack, no era el silencio. Se escucha una voz fría, alemana. (Du libst mich so wie so). Hay alguien más despierto, no aquí. El sonido metálico de la televisión llena otro lugar (Du libst mich so wie so), se extiende hacía mí (Du libst mich so wie so). Llegué otro día y lo vi, no me atrevo a verlo desde entonces. Sé que es igual. ¿Salgo desde entonces? Treinta días, nunca más lejos que dos calles. Alimentarme es lo único que aún hago con cierto placer reminicente. Sigo en el mismo punto. Mi obra está. Sangre. Debo levantarme. Otro espejo, nada es igual. Me veo, quieto, quieto, quieto. Me sostengo la mirada, las cuencas más hundidas que antes, la piel como cera: demasiado delgado. Me veo, no más. El silencio regresa adornado por los sonidos de la electricidad, la calle, mis ruidos; imposible conocer el Silencio. Desespero, pero no debo dejar de verme. Me grito. Escupo. Cómo enfrentarme a mi reflejo, a la asquerosa sensación de ser, duplicada, a la exactitud con que se reproduce la intangible realidad, a verme mientras siento y no ver que el reflejo sienta. Golpeo el espejo con mi puño desnudo, fin. Sangro otra vez, qué más da. Debo hacer algo. Volteo, abandono mis repeticiones que aún cuelgan del marco, abandono a las que yacen en el piso o en el lavabo, volteo y dejo todo. Salgo del baño y voy a la sala. Gran error: olvidé la lámpara encendida. Lo veo. Segunda vez. Exactamente igual que antes. Quieto, no me muevo, veo. Debo forzarme a lo mismo. Ejercicio-espejo: reflejo muerto. Ver todo, soportarlo. Lo veo, el mismo movimiento interno, nada en el exterior más que la tela muerta del costal moviéndose. Todo cambia, mi reflejo cambia, ¿por qué eso no? Igual, exactamente igual, la inmutabilidad del movimiento. Camino hacia él, me obligo, debo enfrentarlo. Llego a él, su peste me agobia. Vomito por segunda vez en el día, esta vez en el piso, junto a eso. Parece reaccionar, un poco más de movimiento. Igual. La primera vez lo noté, me acerqué y no pude soportarlo. Ahora me quedo ahí. Sabor a vomito. Control. No se mueve, no cambia. Me he arruinado por esa monstruosa quietud en movimiento. Corro hasta la cocina, abro el cajón, mis manos se pierden en él. Más ruido, el sagrado ruido de mis manos en movimiento. Frío. Metal. Cuchillo. Finalmente. Regreso, resbalo con mi vómito, caigo junto a eso. Nunca había estado tan cerca. Dolor, tobillo. Me incorporo. Dolor. Lo toco, siento el movimiento. Control… control. Entierro el cuchillo tan profundo como eso me lo permite. El movimiento aumenta. El filo tiembla, el miedo se alimenta de él. Corto, dejo el cuchillo. Con las manos arranco la tela-piel. Me empapo rápido de los fluidos, me ahogoenlasensacióndelibertad. Meto mi brazo y siento el último espasmo de algo que finalmente está quieto. Meto el otro brazo y lo saco. Ahí está, reflejo perfecto. Quieto, espasmo, espasmo. Quieto. Me veo independientemente, como los demás me ven. Libre de mis propias decisiones. Lo veo, bañado en el mismo líquido que yo, igual a mí en cada centímetro, pero otro. Lo veo. Lo veo. Lo veo… Sé que siente… idea: Devorarse / es raro, ved. Ritual sagrado. Autofagia.