martes, 6 de febrero de 2007

Esperando


Aquí, de pie, esperamos a que la nada suceda; a ver por unos instantes a través de los muros que nos cercan, que parecen adherirse a nuestra piel, adherirse entre sí. Sólo –y solos– vemos el cielo desquebrajarse. Pero no nos movemos, observamos los fragmentos que caen sobre la tierra, en los lugares donde esperamos. Mientras, vamos al encuentro, en la inmensa soledad de la compañía, de las aguas que deberían barrernos de la tierra. A todos nos gustaría encontrar un momento para que la emoción se apoderara de nosotros, para sentir un poco de dicha o, por lo menos, de desesperación, algo que nos vomite de regreso al mundo, pero en vez de eso, nos quedamos quietos intentando entender, sin emoción, la eternidad, convencidos de que no existe, nos quedamos esperando a la nada. Miles contemplan decepcionados como ni siquiera unas gotas de fuego caen sobre sus cabezas y, sin desviar la mirada, repiten: no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay
Yo también estoy entre ellos. Me pregunto si lo repito porque lo creo o para convencerme de que la destrucción llegará algún día. Para convencerme de que algún día, cuando mi cuerpo haya terminado de consumirse en el paroxismo del fuego, y no queden más que la grasa y las cenizas de lo que alguna vez fui, entonces, habré dejado de existir.