domingo, 23 de septiembre de 2007

Sábado



Un sábado desperté con una pésima resaca, cervezas en el refrigerador y la casa vacía. Además, una ligera pérdida de memoria. No podía recordar nada desde el momento en que prendí mi computadora, la noche anterior, y abrí otra caguama hasta ese momento en que abría los ojos, un sábado con una pésima resaca. Lo primero que hice fue salir del cuarto y ver los saldos de la noche anterior: ninguno real, excepto por unos cuantos vidrios en el piso y la mugre usual de cada reunión. Caminé a la cocina, abrí el refrigerador para ver que podía comer y saqué una chela, única cosa ingerible en la casa. Después del primer trago y de un leve flashback, decidí prender la computadora con la intención de ver un poco de pornografía y dormir otro rato. Eran las tres de la tarde.
Lo primero que encontré fue un montón de ventanas del explorador abiertas. Al parecer en la noche entré a un Chat en busca de sexo casual. Pero, después de un rato, o me cansé de no encontrar nada interesante o me di cuenta de que era demasiado tarde. Pude haber descubierto también que estaba demasiado borracho o que tenía más sueño que ganas de coger. En realidad no importa. El asunto no es lo que me hizo dejar la computadora, sino lo que había hecho mientras estaba en ella y ahora recreaba a partir de ventanas.
“Entonces quedamos”, “Te laten los tríos”, “Me gusta cómo te vez en tal foto”; las frases usuales, “¿Qué buscas?” y “Hola” o “Por qué no contestas” Algunas tenían conversaciones completas, más parecidas a cuestionarios que a conversaciones reales. Estoy convencido de que conozco los gustos sexuales de la mayoría de los putos de la ciudad y, lamentablemente, no hay mucha diferencia entre uno y otro. O al menos no se nota en las pláticas por Internet.

En otra ventana había intentado convencer a un amigo, con el que cogí alguna vez, de que le convenía que fuera a mi casa porque podíamos echarnos unas chelas y pasarla bien (sic). Afortunadamente no aceptó, dudo mucho que hubiera funcionado en el estado en que me encontraba.
Regresé a la cocina, tomé otra cerveza y volví a la computadora. En todas las demás ventanas había pornografía. En dos o tres no había nada interesante, sólo SeanCody.com, de la cual soy visitante asiduo. Comienzo a jalármela pero a la mitad me aburro y checo las demás páginas. Ninguna de ellas las había visto antes, un blog de pornografía gay, las páginas de algunos estudios, otra amateur, XTube, y varias sobre un actor porno al cual nunca había visto pero que inmediatamente se convierte en mi actor porno favorito (por segunda vez, supongo, ya que la cantidad de páginas del día anterior no me provoca dudas): un ex-diplomático israelí que se hace llamar Roman Ragazzi. Nuevamente tengo una erección, aunque es probable que la haya tenido todo el tiempo y no le prestara atención. Además, mi cerveza se acabó otra vez. Mientras camino a la cocina me la empiezo a jalar.

De regreso en el cuarto, suena el bip del Messenger. Es uno de los amigos que estaban ayer en mi casa, preguntando por los saldos de la noche anterior, por mi cruda y por si quedan chelas.
A las seis y media suena el timbre. Es él mismo güey del Messenger y otro cuate. Para ese momento ya estoy borracho, de nuevo. En el espacio entre el primer bip y el timbre tuve sexo electrónico con un ex-novio mientras su actual pareja estaba en el cuarto, comí algo y seguí jalándomela viendo a Roman Ragazzi.

Ahora la escena es un poco diferente. Estamos lo tres en la mesa, cada uno con una chela, platicando de Bukowski, Bret Easton Ellis y carreras de caballos. El ambiente no tiene muchas variantes en las demás horas que pasamos en mi departamento. A las diez de la noche uno de ellos se va a con una chica, o algo así, y nosotros vamos por más cerveza a la tienda, en el trayecto decidimos que es mejor ir al Viena y chupar allá, así que tomamos el metro.

Cuando llegamos el lugar se ve exactamente igual que siempre: lleno de hombres que no parecen la concurrencia normal de cualquiera de los antros gay a los que estoy acostumbrado. En realidad nada indica que sea un lugar para putos de no ser por la bandera multicolor y los hombres bailando entre sí al ritmo de Jeans o cualquier banda efímera de pop. Bueno, por supuesto también está la total ausencia de mujeres.

La noche sigue igual… chelas, bailamos un poco, cantamos todas esas canciones que por alguna razón sabemos aunque no todas nos gusten.

Observo a alguien, un tipo más pequeño que yo, con una pequeña panza y una camiseta negra. Me lo quedo viendo, quiero que se acerque a hablarme pero por alguna razón no lo hace, aunque responde a mi mirada. Lo pierdo de vista y decidimos movernos a El Oasis, el lugar de junto, el cual siempre está más lleno. En esta ocasión hay un show de trasvestis al que todo mundo le presta atención, pero yo no los puedo ver por la cantidad de gente y porque decidí salir sin lentes de la casa. Vuelvo a ver al tipo de la camiseta negra, que otra vez responde a mi mirada, pero no se acerca. Está platicando con alguien más alto que él, con pantalón de mezclilla y una camiseta blanca. Más tarde sabré que es su amigo…

Regresamos al Viena cansados de la muchedumbre y de la imposibilidad de desplazamiento. Él regresa también y se para, junto con el mismo tipo, cerca de nosotros. Trato de convencerlo con la mirada de que se acerque, pero sigue en el mismo punto, viéndome. Qué haces, me pregunta mi amigo después de ver un gesto de mi mano. Intentando ligarme a ese tipo, le respondo.

Cuando finalmente me acerco, y pretendo convencerlo de que se vaya esa noche a mi casa, resulta que al otro día sale de viaje de regreso a un estado del norte, de donde es. Después de bailar un rato con él y besarnos, decido que es inútil intentar convencerlo, busco a mi amigo y nos vamos. Lamentablemente aún faltan varias horas para que abran el metro y la persona que vive más cerca no nos puede aceptar en su casa. Así que decidimos explorar la Alameda de madrugada. Por un tiempo sólo vemos personas caminando, pero poco después encontramos una pequeña orgía en una de las bancas y nos unimos a los espectadores. Un poco después mi amigo desaparece y yo me quedo viendo, intentan convencerme de participar, pero mi valentía no es tanta como para ser parte de una orgía en la calle. Además el sueño me domina cada vez más.
Decido caminar hasta insurgentes, un vagabundo se une a los participantes y desaparezco.

martes, 21 de agosto de 2007

La caída del cielo

Al inicio existía R’sha, el que nombra, y lo ocupaba todo y nada era en él. R’sha era blanco y su voz, constante e incomprensible. Pero el silencio aún no existía, así, tampoco el mundo: sólo era la nada, sólo era R’sha, el que nombra. Dentro de la eterna palabra nada se podía reconocer, pero en ella nacieron los sonidos de los hombres, las letras que conformarían el idioma sagrado. En esa palabra existían todos los sonidos. Los dioses, las partes independientes del origen, nacieron de algunos de esos sonidos, los mismos permitieron que R’sha dejara de existir. La primera palabra que se separó de la eterna, lo primero que nombró R’sha fue lo negro, fue la noche, que existía dentro de él a la vez que su blancura: Nïr fue la palabra que le permitió ser. Nïr ahora lo domina todo aunque en ese momento no era más que algo dentro de la absoluta luz de R’sha. Siglos pasaron para que otra palabra pudiera aparecer dentro de la claridad del que nombra: fue ella misma la que apareció, la luz; su cualidad inherente se desprendió desde ese momento de él: Élih fue su nombre. Nïr y Élih, la segunda nacida, eran los dos primeros dioses; la noche, masculina, y la luz, femenina. Los dos primeros seres que existieron en R’sha; fuerzas opuestas destinadas a pelear. Ambos dioses se percibieron en cuanto el nombre de la segunda nacida permitió que apareciera, ya que sólo en presencia del otro la percepción existe; sólo ante Élih, Nïr pudo ver la blancura de R’sha, la luz que quería poseer. Ambas fuerzas se atrajeron desde el primer instante, ambas deseaban poseerse, ambas deseaban destruirse, pero la eterna palabra de R’sha lo cubría todo: impedía el movimiento. Los primeros nacidos permanecían atrapados dentro del sonido. El que nombra carecía de pensamiento, era movido por la necesidad, la necesidad del sonido, así que lo tercero a lo que nombró fue al dios que preexistía a todos, al dios que se esconde: Ámèth, el dios oculto, la necesidad. Pero Nïr y Élih no lo conocieron, porque ya existía dentro de ellos, los gobernaba antes de tener nombre. La voz eterna de R’sha, el que nombra, siguió hasta que le dio ser a los Seis Primeros, cuyos nombres hemos perdido. Entonces llegó el último momento de R’sha, pronunció la última palabra. En su boca se juntaron las seis letras inaudibles, le dio nombre al silencio y desapareció. Con esa palabra los dioses cobraron movilidad y el universo se creó, el mundo se creó.

El primer recuerdo de Rüftjií Amashde era esa letanía incomprensible que su padre había iniciado ya, para el momento en que despertaba. Abría los ojos a causa de los sonidos de una lengua que no alcanzaba a entender y lo primero que veía era a Ámash, junto a él, repitiéndola. Rüftjií creía recordar que las primeras veces que intentó preguntarle a su padre qué era eso, él había permanecido callado por largo rato, mientras le tapaba la boca para que no saliera otra palabra de ella. Reflexiona sobre el sentido de estas palabras, eres afortunado al poder escucharlas, le había dicho después de soltarlo. Luego aprenderás lo que significan. Así fue, el mismo día en que cumplió diez años la instrucción en la lengua sagrada comenzó, entonces entendió que esas palabras narraban el inicio de todo, entendió por qué tenía que ser lo primero en que pensara al despertar: el universo se vuelve a crear cada día, esas palabras lo mantienen existiendo. Rüftjií recordaba esto mientras repetía lo mismo que su padre, junto a la cama de su hijo Hëmed Rüftjïde. Él ya conocía la lengua sagrada, tenía quince años, era un adulto. Sin embargo, tendría que repetir las mismas palabras junto a él hasta que tomara su lugar como artífice del vidrio.

Cuando llegó a la última oración de la Primera Historia (“el mundo se creo”), se detuvo, guardó silencio y recordó el nombre de éste. Contempló a su hijo hacer lo mismo. Minutos después, al levantarse, Hëmed le preguntó por qué Ámèth lo gobernaba todo si carecía de cuerpo, si nunca se había manifestado.

Las preguntas de Hëmed siempre se relacionaban con el dios oculto. Sus ancestros, a la vez que Rüftjií, se habían interesado por el nombre del líquido que cubría la boca de los dioses, el líquido que les impedía comunicarse. Al menos, esto era así desde que el silencio había comenzado, desde que los sueños terminaron. Su familia se había dedicado a encontrar el nombre de ese elemento para hacerlo desaparecer, para oír la voz ausente de los dioses, convencidos de que, si el nombre permitía crear, también funcionaba a la inversa. Gracias a Gíneh Kelledde habían encontrado el líquido. Sin embargo, aún no era transparente, aún no era lo que mantenía en silencio a los dioses.

Gíneh había viajado a Fenos unos años después de que la conquistó el pueblo de su padre. Por qué había decidido partir y romper así con la tradición de su familia, era un enigma que inquietó a los artífices del líquido por generaciones. Nada aparecía sobre las razones del viaje en el “Vidrio de Fenos”, el segundo capítulo del Libro del silencio. Uno de los descendientes de Gíneh aventuró la idea de una inspiración divina, algo diferente a un sueño pero con el mismo carácter comunicante. Sin embargo, Rüftjií, al igual que Ámash, no lo creían: si los dioses hubieran encontrado otra forma de comunicación nos darían el nombre verdadero del líquido, ya que habían asistido a su creación, y el estudio del vidrio sería inútil. Él creía en el carácter coincidencial del acto. Nada había movido a Gíneh a visitar Fenos aparte de su curiosidad hacia la nueva tierra.

Cerca del final del “Vidrio de Fenos”, Gíneh escribe sobre el descubrimiento del líquido. Lo demás, al igual que el resto de los capítulos que conforman el Libro del silencio, no son más que intentos por comprender lo que había descubierto y disertaciones sobre el Edergierï shae, el primer libro, El nombre de los dioses. El capítulo que le correspondía a Rüftjií era lo mismo; un intento por restaurar el orden divino y encontrarle sentido a las palabras que, en sueños, inspiraron el primer texto. Rüftjií regresaba una y otra vez a un pasaje en el capitulo de Gíneh, convencido de que algo se ocultaba en él:

Después de recorrer el centro de la ciudad, Gíneh se acercó al puerto, donde una nave mercante cargada con nitro (sosa y potasio) había sido amarrada en ese lugar, los mercaderes preparaban su comida en la playa y, al habérseles acabado las piedras para apoyar sus ollas, usaron trozos de nitro provenientes de la nave, que se amalgamaron y mezclaron con las arenas de la costa, y de allí fluyeron ríos de un nuevo líquido, ellos lo llamaban vidrio…

El resultado siempre era el mismo: nada. Quería saber por qué la gente de Fenos lo llamaba vidrio, pero Gíneh no hablaba al respecto. Al final sólo le quedaba trabajar sobre el líquido mismo para encontrar su nombre.

“Si Ámèth nunca se ha manifestado, cómo puede gobernarlo todo.”

Ésa había sido la pregunta de Hëmed, pero él olvidaba el papel de Ámèth en el Edergierï shae. “El dios sin cuerpo no lo era del todo. Es cierto, era imposible verlo tal como es. Sin embargo, por las pocas menciones que existen de él en la Guerra de los Seis, es obvio que toma varias formas. Él provocó la guerra y el deseo entre Nïr y Élih, él obligó a los Seis a tomar parte y dividió al día en dos momentos. También fue él quien gobernaba la eterna palabra de R’sha y el que obligó a los Seis a nombrarse hasta desaparecer. Todo se decide por él y todo lo provoca, aunque los hombres nunca lo hayan oído.” Rüftjií aclaró de esta manera el papel de Ámèth y un tiempo después Hëmed usaría las mismas palabras para comenzar el capítulo inicial del tercer libro sagrado: Ámèthieri hada, La voz de Ámèth.

En ese momento lo que significaron esas palabras para Hëmed no era claro, su rostro sólo mostraba atención, pero el conocimiento que debía desprendérsele no se manifestaba. La voz de Rüftjií –él lo creía así– se había perdido para siempre. No confiaba en su hijo, que no parecía interesarse por los secretos del vidrio, sólo hacía preguntas sobre Ámèth y al final, ante las respuestas, no mostraba interés alguno. Rüftjií estaba convencido de que sus palabras se perdían en el silencio: le gustaba creer que algún día, cuando alguien descubriera el nombre del vidrio –no su hijo–, el dios que reinara le comunicaría sus palabras al escriba del momento.

Rüftjií y Hëmed hacían el mismo recorrido que todos los días al Templo del Vidrio. Un edificio de treinta metros, con seis columnas en su interior para recordar a los Seis, carente de todo adorno excepto por los vitrales circulares que llenaban las paredes del lugar. Qué representaban. Nadie en el pueblo, cuando veía el lugar desde afuera, sabía exactamente su función. No había otra imagen en ese edificio, como las habría después, aparte de las que decoraban las columnas. No. Los vitrales eran planos y sólo servían para permanecer en contacto con la luz opaca que proyectaban, mientras se estudiaba el comportamiento del vidrio y los textos, para encontrar su nombre.

Un secreto que nadie en la ciudad conocía, más que Rüftjií y su hijo, era la existencia del séptimo pilar, una columna de vidrio de la misma altura que el edificio. El templo había sido construido después de las seis columnas, y la séptima al final de todo. Ésta había sido erigida para medir el tiempo que el líquido tardaría en llegar al piso, si éste lo cubría antes de que los sueños regresaran, todo el Edergierï shae habría sido una pérdida de tiempo, el estudio de un líquido equivocado o la imposibilidad de regresar a los dioses.

Desde la primera vez que Rüftjií entró a ese lugar no había notado cambio alguno en la columna. Permanecía a la mitad, inconclusa. Nada lo habría convencido del fluir del líquido, si no hubiera oído las descripciones de ella al final del libro de Gíneh, o los dibujos hechos por Enïrme Ginehde. Nada, en efecto, mostraba el movimiento de la columna de no ser por la densidad de la base que ahora cubría unas inscripciones en el piso, y el ya mencionado trayecto trunco.

Ese día lo ocuparía en observar el pilar y leer los textos sagrados; Hëmed tendría que responder a las preguntas de los demás. Hëmed tendría que decidir si en el nombre del aceite residía su reutilización o si habría que darle un nuevo nombre al aceite reutilizable o era imposible volverlo a ocupar. Él por su parte intentaría encontrar el nombre del vidrio a partir de la contemplación.

Eran las nueve de la mañana, la vida en la ciudad llevaba ya un tiempo de existir, cuando Rüftjií pasó el umbral de las Puertas de Nïr. Entró en la parte secreta del templo y la contempló como si no fuera un artífice del vidrio, como si fuera la primera vez que, sacrílego, penetrara en ese recinto. Qué fue lo primero que notó. Ciertamente no fue la columna de vidrio, la única construcción real del líquido en la ciudad; tampoco fueron los vitrales que adornaban las paredes, sino las columnas de los Seis, indicios de lo que esos dioses podrían haber significado antes de desaparecer y anteriores a todo lo que había en la ciudad, incluso al templo que las cubría.

En un edificio dividido en seis naves, cada una contenía una columna. La primera, la que se erguía en frente de la entrada, representaba al tercer nacido. Era una columna de oro que llegaba hasta el techo, en su fuste se encontraba grabado el papel de este dios en la Guerra de los Seis. Su primer encuentro con Säth, el amor, la primera manifestación de Ámèth, y los celos que le produjo contra Nïr y lo obligaron a tomar partido por Élih cuando la guerra comenzó. El nacimiento del hijo que engendró con ella, Jhefte, el sol, y finalmente su desaparición al pronunciar la última palabra del elemento que lo constituía. Rüftjií recorrió con su mirada la historia del Tercero, como haría con todas las demás columnas, hasta llegar al capitel y se detuvo por varios minutos. La imagen representaba a Säth, con la boca abierta, como si devorara el fuste. Rüftjií la observó desde varios ángulos. “Todo en esta columna es sabido, todos han escrito sobre el papel del Tercero en la Guerra de los Seis, aun así me parece una historia incomprensible. No puedo entender que esta columna se levante en el mismo lugar en que el Tercero desapareció y que haya sido su hijo, Jhefte, el que en algún sueño se lo inspirara a uno de mis antepasados, pero uno tan lejano que mi familia ni siquiera era la de los artífices del vidrio, ni se dedicaba a buscar un nombre: era la familia de los intérpretes. En esa época todos podían entrar aquí. No existían las puertas que separaban al mundo real de aquél en que se mantienen los secretos y se busca salvar a los dioses. No; en el que se busca salvarnos del silencio que nos impide oírlos. Pero, ¿es realmente por los dioses –o por nosotros– que estudiamos el virio? ¿O es acaso sólo el conocimiento de la técnica? Si tuviera un sueño, no sabría identificarlo, hemos pasado tanto tiempo en silencio que la única manera de saber qué eran esos momentos de iluminación es a partir del que describe Kelled, padre de Gíneh, en el primer capítulo del Libro del silencio. Él fue quien tuvo el último sueño, él contempló el nacimiento del vidrio, pero no pudo oír la palabra que le dio origen, él lo vio todo y luego despertó. Nunca volvió a soñar. Nadie ha vuelto a soñar. En esas palabras se nota la desesperación, él no fue un artífice del vidrio, pero tampoco fue un intérprete, ya no había voces que entender, no había nada. Los dioses habían sido condenados al exterior, por eso se construyó este templo y ya sólo ellos oían sus voces. Kelled estaba desesperado por no poder soñar, pero también por no haber oído la palabra que había acallado a los dioses. Estaba desesperado porque ni siquiera sabía quién la había pronunciado.” Rüftjií dijo la última parte de su discurso en voz alta: En esas palabras se nota la desesperación…; no quería que sus pensamientos se quedaran encerrados en él como le ocurría a los dioses. Luego se movió, vio el rostro de Säth mientras devoraba la columna y se dirigió a la siguiente nave.

Las otras columnas no le interesaron tanto, en cada una se veía al dios al que estaba dedicada nombrarse hasta desaparecer, todas terminaban con una de las manifestaciones de Ámèth. Rüftjií las vio de cualquier manera, pero no pensó mucho sobre ellas, vio a la hija de Nïr, Thos, la luna. Vio como el quinto nacido la secuestraba y le sacaba los ojos, vio como Élih le ponía unos nuevos, condenándola a dirigir su mirada sólo hacia su hijo. Vio a los Seis pelear y derramar su sangre, vio a Nïr llenarse de la sangre de Élih, vio como nacían los hijos de todos y vio el final de la guerra, cuando en el sexto pilar, el último de ellos desaparecía. Ahí se detuvo otra vez, en el sexto pilar, no en la historia, lo que le interesaba era Raml, la esperanza. Ésa era la última manifestación de Ámèth, la más despiadada de todas, bajo esa forma había obligado al último de los Seis a desaparecer. Qué era lo último que el Octavo había nombrado. A los hombres, ellos habían nacido del deseo de Raml, por hacerlo desaparecer, era la última parte de la divinidad y su sino más grande, sentirla siempre. La columna terminaba con la última manifestación conocida de Ámèth en el capitel, estaba en cuclillas y sus manos se extendían al fuste, sostenía la cabeza decapitada del Octavo, bajo ella estaban los primeros hombres manchados por la sangre que escurría de la cabeza.

Rüftjií caminó hacía el centro del lugar, en el que, si las columnas se comunicaran entre sí, se unirían todas. No llegó hasta el punto medio, ahí se erigía la construcción de vidrio. Alzó su vista y contempló lo que quedaba de la cúpula; al igual que en la columna, el recorrido del líquido había dejado ya sólo rastros de su totalidad. Y allí, en el centro, donde debería cerrarse por completo, observó a Jhefte. Eran las doce del día, el único momento en que Nïr perdía su reino sobre la tierra. Luego bajó la mirada, se alejó un poco y se sentó en el piso. Era tiempo de concentrarse en la columna, de observar el vidrio y de leer el último sueño, que estaba plasmado en su fuste.

Desde la base hasta lo que quedaba de la columna se podía ver lo siguiente. La corte de Nïr caminaba sobre una playa para encontrarse con la de Élih. Los hijos de los Seis se repartían en ambos bandos y se podía ver a Jhefte y a Thos en puntos opuestos del lugar. De la posición de ambos se asumía que el evento sucedía al anochecer o al amanecer. Entre los dos dioses celestes se encontraba Säth. Otra imagen mostraba a todos los dioses sentados a la mesa, precedida por los primeros nacidos. En el rostro de todos se podía leer cierta incomodidad, sus miradas apuntaban hacia el centro de la mesa en donde se veía claramente a Joh, el hambre, otra imagen de Ámèth, sentado y sonriente. Jhefte estaba sentado a la derecha de Nïr y se podía ver como la arena se volvía líquida a sus pies. En este punto Rüftjií se detuvo, cerró los ojos y alzó la cabeza, para que cuando recuperara la visión pudiera contemplar la tercera imagen, la última que quedaba de las seis originales. Intentó analizar lo que permanecía en su mente antes de enfocarse en la tercera. Entonces notó una pequeña mancha que le había pasado inadvertida hasta ese momento en uno de los puntos superiores. Abrió los ojos y bajó la mirada. Ahí estaba aquello que le había llamado la atención. Parecía una estrella en el cielo. Lo pensó un momento y decidió que era imposible, las estrellas eran la sangre indeleble de Élih sobre el manto de Nïr. La buscó en la imagen de la cena, traía su manto manchado de estrellas. La primera imagen no mostraba ese punto, rápidamente lo comprobaría; lo único que aparecía en el cielo, aparte de Jhefte y Thos, era Säth. Sólo un error en el vidrio, se dijo y regresó a la tercera imagen. Pero en ella encontró el mismo punto en el cielo. La tercera imagen mostraba a Gï, el hijo de la pareja celeste, jugando con sus padres. Uno de los elementos más extraños de esta representación era que los ojos de Thos no veían a su consorte, sino a la imagen que estaba detrás de él, Lärm, la angustia. En todas las imágenes aparecía una de las seis manifestaciones de Ámèth (en el último caso era Lärm) para representar el estado de ánimo en cada pasaje. Rüftjií se fijó en el cielo buscando el punto que aparecía en la otra representación. Lo encontró. Volvió a analizar la escena y descubrió otro punto pero en la frente de Gï.

En la biblioteca, Rüftjií buscó los retratos que Enïrme había hecho de las imágenes que su padre había mandado construir con base en los trazos de su abuelo. Estos dibujos habían sido hechos copiando el resultado final de la columna. Ninguno de los puntos aparecía en esos dibujos. Regresó al centro del templo, observó los puntos en la segunda y tercera imágenes. Otra vez le parecieron errores. Los volvió a observar. Era imposible que un error se repitiera exactamente en el mismo punto de una imagen. Éste era el caso de la mancha en el cielo. Regresó a la biblioteca y buscó un libro que no había sido consultado desde que los dibujos de Enïrme, hijo de Gíneh, fueran concluidos. Esperaba que permaneciera intacto.

Encontró el libro.

Los dibujos de Kelled tenían las manchas. Pero no sólo aparecían en el segundo y tercer dibujo, sino también en el cuarto, quinto y sexto. En adición a éstas, en los últimos tres dibujos aparecía una nueva mancha cercana al centro de los trazos, un poco desviada a la izquierda. Al final, en los últimos dos dibujos aparecían dos manchas nuevas, una en el quinto y sexto, y otra en el sexto.

Rüftjií maldijo a Enïrme mientras tomaba su libro de copias. Un descuido del copista había desviado los estudios del vidrio por generaciones. Comenzó a colocar las manchas en los lugares en que aparecían en los trazos originales, pero se detuvo antes de colocar la última. Cada una de las manchas aparecía en el lugar en que las diferentes manifestaciones de Ámèth habían estado en los dibujos anteriores. “No eran las emociones de los dioses lo que esas imágenes habían representado, sino la presencia real de todas las manifestaciones del dios oculto,” pensó, antes de colocar la última. Luego pasó la página de los originales y vio los trazos para el capitel, el más angosto de todos. Era, hasta cierto punto, un resumen de ellos, en él estaban representadas las seis manifestaciones de Ámèth.

Regresó a un lado de la columna, ya estaba anocheciendo para ese momento. Entonces pensó en otro elemento del sueño, la razón por la que el último en soñar no había podido oír el nombre del vidrio. Se volvió hacia las Puertas de Nïr, alzó la mirada y se dispuso a salir del templo.

En la parte pública se encontraba Hëmed trabajando el vidrio. Rüftjií le dijo que regresara a su casa, él pasaría la noche en el templo. Lo vio partir y regresó junto a la columna central.

“¿Por qué Kelled no había podido oír la palabra? No era que se le hubiera negado escucharla, sino que existía una relación natural entre el nombre real del vidrio y aquel con el que se había creado el mundo. Ambas palabras estaban hechas con las seis letras inaudibles.” Permaneció mucho tiempo escuchando el silencio nocturno de la ciudad, contemplando el vidrio de la columna y el de la cúpula.

Entonces oyó una palabra formarse en su mente. La dijo. No pudo escucharla. Por unos instantes nada pasó. Luego la quinta imagen del sueño cobró vida. Un ruido sordo quebró el silencio y un polvo gris empezó a caer. Primero, sólo por el espacio ausente de la cúpula, luego por las construcciones de vidrio del templo. El cielo aparentaba desprenderse de su lugar, como si se convirtiera en ese polvo. Rüftjií alzó la mirada y abrió la boca para probar lo que caía. Era hierro. El hierro se estaba desprendiendo de la cúpula celeste y de todas las construcciones de vidrio dentro del templo.

Rüftjií desvió la mirada, quería recordar la última imagen del sueño. El piso se volvía metálico y los dioses quedaban mudos a causa de una ola de vidrio que los cubría. Cuando regresó la mirada, vio a un dios desconocido en el punto en que la cúpula debía cerrarse, parecía hablar al cielo.

Al otro día, el piso de toda la ciudad se había vuelto de hierro, la cúpula del templo estaba completa otra vez, sólo que ahora era transparente, y sobre ella se podía ver la imagen de un dios que nadie había contemplado. Era Ámèth.

Cuando Hëmed entró por las Puertas de Nïr en busca del libro que contenía el capítulo de su padre, sabía ya que la columna estaba completa otra vez y que encontraría a Rüftjií convertido en metal junto a ésta. No era necesario observar lo que había pasado, más tarde habría tiempo para ello. Se dirigió a la biblioteca, tenía que terminar el capítulo y darle el nombre que ahora posee, “Uvtaieri ámagh”, La caída del cielo.

Hëmed escribió lo siguiente:

n n

b0 + Σ (biCi + ΣbikCiCk)

i=1 k=i

lunes, 16 de abril de 2007

El espacio intermedio


There's a gap in between.
There's a gap where we meet,
where I end and you begin.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

X will mark the place,
like the parting of the waves,

like a house falling into the sea,

into the sea.

Radiohead

Afuera, el sol humedece el aire, la tierra. Sólo se puede oír el lejano movimiento de las maquinas (una fábrica). Restos de otras vidas pueblan una barranca cercana, asfixian los ramajes secos de lo poco que alguna vez creció ahí. Lejos está el lugar en el que esas vidas siguen existiendo o desaparecen, inconcientes de su naturaleza. Unas cuantas bestias caminan entre los restos, pequeñas, alimentándose de la vida muerta.

Aún te veo. Estás parado junto a mí, con el torso desnudo. Tu cuerpo húmedo, húmedo de sales. Tus ojos se clavan en mí: no me dicen nada, atraviesan la nada que nos rodea, la nada de la cama, de los objetos cotidianos, estancados en un proceso que parece no continuar. Yo… te veo como en esos días, cuando caminábamos por las calles de la ciudad, cuando nos perdíamos por semanas o días, siempre uno junto al otro, aunque la distancia, sin significado, se interpusiera. Entonces nos acompañaba alguien más, siempre era uno diferente, uno para cada excursión. Alguien junto a ti y otro distinto, sin rostro, junto a mí. A los tuyos nunca los conocí, aunque tú pudiste haber visto a alguno de los míos.

Al regresar, después de días separados, me contabas cómo eran, qué habías hecho con ellos. Querías que yo te contara lo mismo, pero no podía, no me interesaba, en mi mente eran una misma persona nada parecida a ti, una persona de la cual no podría decirte siquiera el color de sus ojos.

Adentro está él, manchas de humor ferroso en su cuerpo. Desnudo. Un cuarto pequeño, sin separación alguna, cocina, baño, recamara, todo es lo mismo. El silencio lo ha devorado todo. No hay más. La comida comienza a pudrirse en la cocina. Parecería que todo está abandonado, de no ser por él y por Gumaro.

Llegaste a la construcción un día. Gumaro, dijiste, estoy buscando trabajo. No te puse mucha atención. El capataz llegó a preguntarte qué querías y desapareciste, te volviste líquido en el calor. Cemento, espátula, ladrillo: una y otra vez. Era lo que hacía; la cotidianidad de un trabajo mecánico en el que pensaba en mí. Voltee, ahí estabas, parado a mi lado. Hola, dijiste. Desde hoy trabajo aquí.

Esa tarde fuimos a una cantina. Rodeados por humo intentábamos perdernos de la vista de los otros. El tabaco se pegaba en mis labios, tú acercabas tus manos, ásperas, para removerlo. Hablamos de nada, de mujeres. Entonces parpadee. Al abrir los ojos estaba en tu casa.

El mismo barniz grana cubre el piso. Las paredes están vestidas solamente por el polvo, no hay nada, excepto por un poco de ropa que cubre el piso… y el barniz. El olor de afuera penetra el cuarto, se mezcla con los fluidos de éste, con los olores que aquí habitan.

El ejército y tu familia estuvieron ausentes mucho tiempo de tus palabras. Manuel, decías cuando te preguntaba por tu familia. Es por él que no me quieren hablar. Ahí se acababa todo, te quedabas en silencio, viéndome. Tus ojos me atravesaban, como si no me vieran a mí, como si vieran más allá, algo fuera de todo. Pero las palabras se escaparon un día. Manuel, dijiste rompiendo un silencio a punto de volverse demasiado sólido, mi sobrino por el que no me quiere hablar mi familia. Silencio. Me gustaba cogérmelo, dices. Él nunca contó nada, fui yo, una noche se lo conté a mi hermano, su papá. Me corrió. No sé nada más de ellos.

De lo otro, del ejercito, sólo sé por tus placas. Las encontré un día entre tus cosas, tenían tu nombre, tu edad, tu número: parecían querer atraparte: Gumaro de Dios Arias,…

Gumaro está parado junto a él. La mirada quieta. Aun así ve cada parte del otro, lo memoriza, quiere aprenderse todos aquellos detalles que antes le habían pasado por alto, penetrar en cada poro con la vista: grabar esta imagen en sí.

Cuando te encuentran, no dices nada, lo piensas un rato y hablas: un problema económico, la mezcla, sólo querías probar, un brujo que te prometió mujeres; así sigues, tejiendo palabra tras palabra con verdades reacomodadas, burlándote. Te aíslan en una celda, para que no vuelvas a hacer lo mismo, para que no encuentres al tercero que dices necesitar.

Pero eso es lo que quieres, 25 años a solas, conmigo. Quieres que cada uno de tus pies sea dos, que mi sombra viva en la tuya. Quieres que forme parte de ti: mis habilidades y recuerdos.

Les cuentas lo de Manuel, lo de la milicia y en tus palabras nosotros nos volvemos más adictos, te engalanas con algunos de mis delitos, en fin, ahora son tuyos. Tú te vuelves un loco, una basura, un prostituto que asalta turistas e inhala pegamento, en alguien que se pierde en el crack para incrementar su placer al coger. Soy un hombre malo, una mala mujer, dices, y una sonrisa se marca en tu boca. Es a mí a quien sonríes, pero ellos no me ven, no te entienden. Sé de lo que hablas: del placer de hundirse en lo inhumano, de dejar de serlo ante los ojos de otros, porque sólo entonces te sientes tú; mentiras y verdades no importan, siempre y cuando aceptes unos cuantos crímenes. Quién querría detenerse en uno, cuando tiene la oportunidad de erigirse, después de aceptar un solo crimen del que está orgulloso. Te regodeas en la crueldad. Inventas crímenes y te enorgulleces de ellos. Lentamente te conviertes en un hombre con cada nuevo pecado, te haces humano cuando ellos te ven como algo inhumano. Dices que violaste a tu sobrino Manuel, que te violaron de niño, que mataste a un general a machetazos, y a alguien más otro día, pero destruyes las razones de todos tus actos, los vuelves ingenuos, inconexos, no te eximes, eres culpable por gusto. Las causas son lo que eliminaste, o, quizá, no las eliminaste: quizá no existían. Sólo la mía existe, sólo la mía es firme en tu cabeza, aunque a ellos no se la digas completa.

El pecho de uno, una pluma suspendida, el del otro: agitado.

Llegas cuando el sol ya salió, el tiempo separa este encuentro de la última vez que nos vimos; sin embargo, sólo son días. El clima es anegante y los dos estamos cubiertos de sudor. Yo… llevo días en esta cama: viendo el aire que lo inunda todo: el calor que nos rodea. Pero ahora estoy dormido y tú me ves. Oigo tu respiración que se aparece en mis sueños, te siento, más calido que el resto de todo y abro los ojos. Ya estás desnudo, parado junto a mí. Veo el poco vello que cubre tus cicatrices. Veo lo que te hace humano, igual que yo: veo tus errores y los míos. Por primera vez eres similar a mí: igual a pesar de tu mirada que sigue perdida más allá de lo físico.

Tus manos bajan a mi pecho, lo acarician, juegan con él. Todo comienza de nuevo. Días separados y un acto de unión momentánea, para eliminarlos, para que el tiempo en el que nos perdimos se vuelva uno con esos instantes en los que nos fusionaremos.

Estás sobre mí y te siento: impenetrable, dos cuerpos demasiado duros como para que uno pueda entrar en el otro. Tus labios tocan los míos, siento tu lengua, húmeda: ya sólo somos los dos. Nos disponemos a agredirnos, a atacar tu cuerpo con el mío, a destruir el mío con el tuyo. Mis manos buscan tu sexo, pero no lo encuentran. Tu boca rodea el mío. No hemos dicho ninguna palabra. Quiero recordar tu sabor, tu olor, quiero que seamos uno, que las fronteras entre tú y yo se borren. Quiero perderme en el pequeño abismo de la muerte, contigo.

Bajo la mirada, busco la tuya, pero tus ojos están cerrados, tratas de encontrar algo en ti, tratas de perder la noción de que es otro cuerpo al que estás tocando, el que está en tu boca. Cierro los ojos también, quiero encontrarme contigo ahí, sentir lo que estás sintiendo, hacer que nuestras bocas sean una en el mismo punto en el que están ahora, pero siento tu mirada y la unidad se pierde. Somos dos cuerpos otra vez. No tiene sentido mantener los ojos cerrados, quiero enfrentar tu mirada excluyente. Llevar la mía al mismo punto en el que está la tuya. Me salgo de ti y me levanto, tú sigues viendo.

Afuera, lejos, en las calles de la ciudad, la masa de gente camina confundida, mezclada, pero sin sentir a los otros, perdidos en ellos mismos por siempre. Pero aquí estamos tú y yo, contra eso es contra lo que peleamos, contra la disociación, por eso nos agredimos, por eso intentamos violentamente destruirnos.

Me hinco frente a ti, ahora estás sentado en la cama y me acerco, repito lo mismo que tú hiciste: deseo saber si lo sentimos igual, si me sentía igual en ti que como tú te sientes en mí, pero no lo puedo saber. Alzo la mirada para verte, pero otra vez has cerrado los ojos. El juego vuelve a comenzar: encontrarnos allá en la oscuridad de nuestras mentes, donde ninguno de los dos puede entrar.

Me levanto otra vez, sostengo con fuerza tu cabello: te obligo a verme. Abres los ojos, confundido, por primera vez siento que me estas viendo a mí y no algo lejano, forcejeas, pero no te quiero soltar, no te dejo, tienes que verme. Finalmente logras desviar la mirada. Te amo, dices. Yo te veo desde mi posición: no sé que decir, yo también te amo, pero no puedo decir nada, las palabras bloquean mi garganta. Toso para escupirlas, pero no salen. Ya eres libre. Estoy confundido, tú te paras y me das la espalda. Te inclinas enfrente de mí. Ya no salen palabras de tu boca, pero sé lo que debo hacer, si yo hubiera sido el último en regresar, sería yo quien tomara tu posición. Esperas. No puedo ver tu cara, pero sé que tu mirada ha vuelto a desaparecer en la negrura de tus parpados. Te penetro, lo hago lentamente, pero igual lo siento como una agresión, la más grande que podría cometer en tu contra. Debo hacerlo, ese es el fin: destruirnos en cada embestida. Cierro los ojos mientras oigo el primero de tus gemidos. Te siento replegarte hacía mí, me muevo en ti, no puedo salir, es el momento en que nos uniremos, en que nuestra piel desaparecerá y seremos uno. Continúo, sé que tu mano se mueve desesperada sobre tu miembro. Ya no oigo tus gemidos ni los míos, aunque sé que los dos llenan el aire. Un concierto para los objetos que nos rodean, para nuestra ropa sobre el piso, pero no para nosotros que estamos a punto de encontrarnos, a punto de dejar de ser uno y uno.

Gumaro come algo, lentamente. Su mirada permanece en el mismo punto. Deja de jugar con lo que tiene en su boca y lo traga. Afuera el sol se acaba de ocultar. Ya no se ve ni se oye nada: el silencio también lo ha devorado todo.

Pones tu cabeza sobre mi pecho. Otra vez somos dos. El día ya está muriendo. Repentinamente te levantas y caminas hacia la cocina. Tomas un cuchillo, luego te paras junto a mí, volteo, te observo. Tus ojos otra vez están aquí: me ven. Reparo en el cuchillo y vuelvo a verte. Tu cara desciende hasta la mía, el filo toca mi garganta. Me besas y empiezo a sentir cómo se hunde lentamente, no duele, quiero seguir besándote. Te separas, no mucho; Te amo, me dices, mientras terminas el corte. Mis palabras finalmente escapan por la garganta, las has liberado.

Tus manos me levantan, aunque yo ya no estoy ahí. El piso. Te hincas junto a mí. Hundes el mismo cuchillo en mi abdomen y lo abres.

Se inclina, mete su mano en el abdomen del otro y, con cariño, juega con los órganos. Está desnudo, vestido con la sangre de otro cuerpo desnudo, el que yace a sus píes. Saca la mano de la cavidad, sabe que ahí no hay más que sangre y los restos del ser que quiere atar a sí. Arranca un trozo de ese cuerpo, lo mete a su boca. Voltea hacia el rostro, se inclina y besa uno de los ojos. Comienza a masticar.

martes, 10 de abril de 2007

( )


Para K.

Han pasado dos días desde que llegué aquí,

¿cómo…?

pero ahora parece lejano, como si una eternidad se hubiera plantado en mis recuerdos. Es ridículo, pero no puedo asegurar que haya sido yo quien dio alguno de esos pasos. Ayer, o el día que regresé, no importa cuando fuera eso, ya sentía una pérdida, mis recuerdos dejaban de ser míos, no eran más que una colección de sucesos en los que yo no podía haber participado. Ajenos como los recuerdos de películas o libros. Pero ahora, aquí, frente al papel, tengo que obligarme a atravesar esa nebulosa ausencia, encontrar los detalles que permanecen, hacer que surjan de la tinta. Sólo dos días y ya no puedo asegurar que existieron, nada hay más allá de un olvido a ser. Recuerdos cada vez más falsos llenarán de sentido cada letra; sólo así podré regresar a ella, encontrar sus palabras para no olvidar más, para no olvidarme. Aunque, un día, sólo veré los papeles y no serán más que las anotaciones de un loco: un cuento más.

El día en que el aire dejó de oler a tierra, vi el sol sobre mí por primera vez, pero sus sombras no me acosaban. Entonces ya había abandonado todo, no podía creer que la guerra continuara, que aún atacase alguien desconocido, que fuera imposible ver la superficie y que nadie debía de saber sobre ese lugar para evitar el simple deseo de salir. Ahora no puedo asegurar que sea una guerra, o que aún suceda en algún lugar. Se supone que todo había empezado hacía un siglo o más, la verdad nadie la conocía, ni siquiera los pocos que sabíamos de los ataques. El privilegio de nuestra clase era saber de la guerra, pero no todo estaba a nuestro alcance.

A nosotros nos contaban cómo un día había caído un rayo y luego muchos más, todos en el mismo punto, no había nubes en el cielo, sin embargo llovía,

el día que finalmente te vuelva a ver, ya no te recordaré.

ese lugar era el centro de alguna ciudad. Cuál, ya nadie lo sabía. No importaba, ya no había restos de él,

será en el mismo punto donde desapareciste.

sólo quedaba un solar negro. El ataque había sido continuo, noche tras noche un rayo buscaba desesperado ese punto. De pronto ya no era la soledad de uno, sino muchos abrazando edificios, calles. Las razones no existían, parecía que nada lo provocaba, sólo era. Otras ciudades comenzaron a ser devastadas por ellos. Un día fueron todas. Cada noche, el cielo estaba limpio y una lluvia helada se comía las ciudades. Horas de agua antes de que la luz llegara a destruir todo, pero ninguno penetraba la tierra en el mismo punto, sólo ese

estarás de pie, hablando con alguien: te reconoceré por tus silencios

rayo. No había a quien atacar, sólo quedaba huir. Primero al campo, pero los ataques comenzaban ahí también. Una vez que caía el primer rayo ya nunca se detenían, no importaba que estuvieran desiertas las ciudades. Luego se formó mi mundo: ciudades subterráneas.

Y un día salí: tenía el privilegio de saber que vivíamos abajo. Ese día caminé junto a las ruinas del mundo que ahora veo. Casi ningún edificio quedaba, pero pasé toda la tarde caminando, hasta que la lluvia golpeó mi rostro. Corrí, quería encontrar dónde resguardarme, los rayos aún no caían. Entonces vi el único edificio que permanecía entero, una especie de iglesia antigua. Así conocí a Eva, estaba frente al altar de esa construcción abandonada, un lugar para adorar algo, aquí era una estatua. Estaba empapada, viendo, entre confusa y divertida, la estatua que colgaba sobre el altar, un hombre cuya belleza podría haber estado oculta tras heridas, sangre, costras, un aro de espinas clavado en su cabeza, de la cual también escurría sangre, estaba, además, fijo a dos maderos yuxtapuestos. Eva contemplaba al hombre atrapado eternamente en el paroxismo, hermoso de otra forma. Su mirada se perdía en la de aquél que veía hacia el infinito de su ceguera. Me acerqué lento, cada paso era magnificado por las gotas que escurrían de mi ropa, por el vacío del mundo, me estremecí a causa del frío y el miedo que me provocaba ver a una mujer

( )Eva( ), gritaré. Sin saber de dónde viene tu nombre

ahí. Cuando llegué a su lado pude ver la extraña mueca que interpreté como una sonrisa. Un gesto más metálico que vivo, un gesto digno de una Eva. Era la primera vez que la veía. Ella volteo hacia mí, sin verme, luego hacia la puerta. Se dispuso a salir: en ese momento le hablé. Su boca exclamó un grito vacío

esa vez no habrá grito, pero tus ojos me tocarán.

y me vio. Mas tarde ella intentaría llenar ese sonido, pero para mí siempre será un grito vació, carente de sentimientos o de significado. Afuera el cielo vomitaba agua, pero la luz aún no existía. Se acercó a mí y volvió a hacer ese gesto. Dijo su nombre: ( )Eva( ). Así, pronunciando los silencios antes y después de su nombre. Eso es lo que mejor recuerdo de ella, la manera en que se acomodaba su garganta antes de cualquier sonido, la manera en que decía cada silencio: silencios que, a diferencia de su grito, estaban llenos de todo significado. Eso es lo que recuerdo de mi primer encuentro con Eva, los mutismos que nos anulaban, en los que nos perdíamos.

Por tus ojos creeré que no me conoces más y balbucearé mi nombre,

De lo otro sólo recuerdo unos gemidos y… nada. Pero sé que en ese momento la amé.

Las gotas, infinitas, seguían cayendo cuando nos separamos. Me levanté de mi puesto en el piso al mismo tiempo que se oía un ruido atrás de la construcción, y me dirigí a la puerta. Salí, ella un poco después, pero no se detuvo a mi lado. Entonces pasó: una gota de luz incendió el aire, por un momento todo desapareció entre la luminosa ceguera. Luego otra tocó el piso, en el mismo punto. Menos luminosa: una violenta cópula, el cielo se unía con la tierra, la lluvia lo acariciaba, arañaba su piel. Caminamos hacía el rayo primero, ella siempre delante de mí.

No estábamos solos. Un hombre estaba parado frente al rayo. Cuando llegamos él estaba ahí, viendo. El rayo golpeaba una y otra vez. Eva se acercó a él y le susurró algo en el oído. Él volteó a verme, dijo su nombre: Khert: cada letra tenía un sonido nuevo, pero no estaban los silencios de Eva. No dijo nada más y fue hacía el rayo, se paró en el punto donde golpeaba y desapareció.

Por tres días hicimos lo mismo, cada noche veíamos caer el mismo rayo, hasta que ella decidió entrar en él, algo vio ahí y me dejó:

un nuevo gesto aparecerá en tu boca

la vi desvanecerse. Siempre, al menos mientras lo recuerde, me dolerá. Regresé a la antigua ciudad, pero ya no existía, se la había llevado consigo. Caminé solo, recorrí mi vació y el de la ciudad. Luego… el rayo. Todas las noches, afuera, esperaba ver algo en él: ( ). Incluso aprendí a sentir el calor en la lluvia que congelaba mi espalda. Ese calor parecía venir de mí, quemaba mi cara, mi piel, chocaba con mi ropa y finalmente salía, después de haber incendiado mi interior. Pero nunca se iba del todo, siempre regresaba: desde dentro.

¿Qué esperaba ver? Cada noche intentaba encontrar una razón para quedarme. Lentamente me fui convenciendo de que no la esperaba a ella, que esperaba la nada, pero tampoco podía encontrarla. Entonces la vi. La nada. La ausencia absoluta estaba ahí, en el rayo. Siempre había estado ahí, pero en ese momento lo ocupaba todo. Escuché el palpitar constante de la luz adentro, muy cerca de mí. Sabía que estaba caminando, que me acercaba al rayo, pero no lo sentía, no era yo el que se movía, era todo, era el universo completo que me veía a cada paso, que se unía conmigo y yo dejaba de ser algo. Llegué al punto en el que vi desaparecer a Khert y a Eva, ya no tenía dudas, simplemente ya no era.

Y luego otro liquido, otra luz, otro camino y yo. Todo volvía a existir y yo era nuevamente: podía sentir mis pasos.

Ahora estaba en el mismo lugar, pero la noche lo incendiaba todo y algo blanco cubría el piso. La gente caminaba cerca de mí, podía sentir las cosas, pero de una forma muy diferente, todo era muy

dirás tu nombre y te irás.

material. Luego oscuridad. No había nadie ya, lentamente me hundía en eso blanco, pero no era húmedo o seco, era diferente: calido y espeso. Luché un poco por no hundirme, pero todo era líquido, no había de donde aferrarme. Estaba adentro, intenté abrir los ojos, pero no había nada, todo era blanco. Nada otra vez: otra nada.

Finalmente aparecí en la plaza, en el centro de la misma ciudad, pero ya no había ruinas, todos los edificios estaban completos, caminé por todas las calles, cansado de no conocer nada y sentir, cada vez más, que todo era muy familiar. Intenté entrar en algunas construcciones, pero se negaban. Las calles llenas de desconocidos. De pronto oí la voz de alguien, decía mi nombre, pero no supe quien era, sólo el vago recuerdo de un amigo apareció en mi mente.

Nunca había estado en esa ciudad, pero las calles comenzaban a aparecer en mis recuerdos: trayectos, casas. Me detuve frente a una, encontré unas llaves en mi pantalón y abrí la puerta. Había una mujer sentada ahí, alguien desconocido, pero la saludé y, como si fuera una rutina diaria, la besé. Sentí que la quería.

Yo lo entenderé y sabré decir mi nombre,

Dije lo primero que vino a mi mente y subí por las escaleras. Entré a un cuarto, muy familiar, luego otro dentro de él. Me desnudé, abrí una llave y el agua comenzó a fluir, me quedé bajo el chorro. Cerré los ojos y vi a Eva bañada por la lluvia. El agua pegaba en mi rostro también. La vi entrar al rayo y decir algo: ( ). No escuchaba.

podré incendiar mi garganta con el fuego de cada letra, con el fuego de cada silencio.

Todo se volvió negro y me perdí.

Imágen sobre humedad en bermellón


Il lui semblait qu’il appuyait son visage

contre un miroir qui reflétait sa propre image

Jean Genet

Nuevamente siento ese olor, pesado, ácido, húmedo… demasiado húmedo. Intento ignorarlo. Extiendo la mano en busca de la pared izquierda, en busca del apagador. Aún estoy afuera, en la entrada del apartamento. La puerta abierta: todo está medio iluminado. Me apresuro a cerrarla, ya no se filtra luz del pasillo. Ahora no veo nada. Mi mano se sigue moviendo, nerviosa, en busca del apagador. Recuerdo: nunca ha existido. La lámpara junto al sofá es la única opción. La luz se detiene afuera del apartamento, ahora estoy totalmente a oscuras, es difícil moverme por el cuarto lleno de ansiedad y del líquido olor. No es la primera vez que me pasa, pero hora es normal. Era tan extraño buscar continuamente algo que nunca había existido en ninguno de los lugares en donde viví. Ahora sólo lo acepto. La casa de mi madre siempre lo tuvo a la derecha, a mi derecha, mientras que mi primer apartamento –un lugar pequeño que siempre se mantuvo vacío– tenía el primer apagador de toda la casa colgando del foco, los demás estaban afuera de los cuartos al lado derecho. Entonces, por qué siempre… Eso no importa, lo que pasa ahora es lo único. Debo concentrarme. Caminar con cuidado, no caer, no romper nada. Sobre todo no tropezar. Debo concentrarme. Prender esta sala para que la luz del pasillo nunca más se niegue a entrar. Entonces mi pie lo siente; lo que quería evitar. Inmediatamente siento la humedad, roja, sólida como nunca antes, apoderarse del cuarto, del espacio, de mis ideas. Ya no puedo hacer más que pensar en la humedad. Trato de seguir mi camino, de enfrentar a la luz contra ella, aunque sé que siempre terminan volviéndose aliadas. Mantengo mi vista fija en el punto con el que chocó mi pie. Es inútil, no veo: la oscuridad es total. Estar rodeado por la nada. Perder tu cuerpo en la nada. No soy más que una idea en la oscuridad perfecta. Me pierdo, no hay más ideas… Sé que desde que está ahí no ha cambiado, pero ahora no puedo comprobarlo, no quiero. Regreso, nuevamente estoy aquí, desvío la mirada. Puedo moverme. No sé cuanto tiempo… Estoy junto a la lámpara. Quieto. Luz. En oposición al negro absoluto me ciega el blanco, original, visión, perspectiva, lucidez absoluta, endlessness: fin último. No me muevo, me mantengo en el color, me aferro a él. Marcador temporal de la quietud intemporal, del caos interno. Cronos devorando a sus hijos. El cuarto es rojo, me esfuerzo por verlo, mientras me alejo de la seguridad del blanco. Aún estoy en la seguridad. Los ojos cerrados. Un último esfuerzo para recrear el tono exacto, imposible. Abro los ojos. Ahí está. Real. Ese olor, el de la luz, combinado con el ya existente produce algo similar al olor de un libro, Ilíada quizá, al quemarse con ácido, mientras se oyen algunos segundos vacíos de Slap Dance, sobrepuestos repetidamente a Der Feuervogel, al mismo tiempo que a unos metros se proyecta la secuencia inicial de La montaña sagrada. Un olor único moviéndose al ritmo del sonido. El cuello firme: no moverme: mirada en el vacío. No puedo. Camino hacía mi cuarto sin dejar de ver al vacío. (…ego sic perire coepi.). Ha estado aquí por treinta días, en el mismo punto, con el mismo movimiento en el interior, produciendo el mismo olor… Ego sic perire coepi. Miento, no empecé a morir así. Estoy en mi cuarto, puedo moverme libremente. Imposible verlo. Me veo en el espejo: el reflejo tiembla: una A mutila la punta de mi lengua. La peste de mi sudor, nueva, me protege. No es lo suficientemente fuerte. Me inundo de la sensación de nacimiento-vómito. Corro al baño. ¡Suficiente! Dolor. Carcome mi cabeza. Me pierdo… Nueva humedad, fría. Abro los ojos, sigo en el baño. Sangre alrededor de mi cabeza. Un olor para gobernar al otro. Metal: sangre. ¿Cómo llegué aquí?... Me duele la cabeza, no debo moverme. Me pierdo en el mar de lo que me rodea, viene de mí. Mi creación llenando el exterior de mi interior. Oigo el silencio, claro, inamovible. Afuera Géminis devora a Virgo: no hay esperanza. Crack, no era el silencio. Se escucha una voz fría, alemana. (Du libst mich so wie so). Hay alguien más despierto, no aquí. El sonido metálico de la televisión llena otro lugar (Du libst mich so wie so), se extiende hacía mí (Du libst mich so wie so). Llegué otro día y lo vi, no me atrevo a verlo desde entonces. Sé que es igual. ¿Salgo desde entonces? Treinta días, nunca más lejos que dos calles. Alimentarme es lo único que aún hago con cierto placer reminicente. Sigo en el mismo punto. Mi obra está. Sangre. Debo levantarme. Otro espejo, nada es igual. Me veo, quieto, quieto, quieto. Me sostengo la mirada, las cuencas más hundidas que antes, la piel como cera: demasiado delgado. Me veo, no más. El silencio regresa adornado por los sonidos de la electricidad, la calle, mis ruidos; imposible conocer el Silencio. Desespero, pero no debo dejar de verme. Me grito. Escupo. Cómo enfrentarme a mi reflejo, a la asquerosa sensación de ser, duplicada, a la exactitud con que se reproduce la intangible realidad, a verme mientras siento y no ver que el reflejo sienta. Golpeo el espejo con mi puño desnudo, fin. Sangro otra vez, qué más da. Debo hacer algo. Volteo, abandono mis repeticiones que aún cuelgan del marco, abandono a las que yacen en el piso o en el lavabo, volteo y dejo todo. Salgo del baño y voy a la sala. Gran error: olvidé la lámpara encendida. Lo veo. Segunda vez. Exactamente igual que antes. Quieto, no me muevo, veo. Debo forzarme a lo mismo. Ejercicio-espejo: reflejo muerto. Ver todo, soportarlo. Lo veo, el mismo movimiento interno, nada en el exterior más que la tela muerta del costal moviéndose. Todo cambia, mi reflejo cambia, ¿por qué eso no? Igual, exactamente igual, la inmutabilidad del movimiento. Camino hacia él, me obligo, debo enfrentarlo. Llego a él, su peste me agobia. Vomito por segunda vez en el día, esta vez en el piso, junto a eso. Parece reaccionar, un poco más de movimiento. Igual. La primera vez lo noté, me acerqué y no pude soportarlo. Ahora me quedo ahí. Sabor a vomito. Control. No se mueve, no cambia. Me he arruinado por esa monstruosa quietud en movimiento. Corro hasta la cocina, abro el cajón, mis manos se pierden en él. Más ruido, el sagrado ruido de mis manos en movimiento. Frío. Metal. Cuchillo. Finalmente. Regreso, resbalo con mi vómito, caigo junto a eso. Nunca había estado tan cerca. Dolor, tobillo. Me incorporo. Dolor. Lo toco, siento el movimiento. Control… control. Entierro el cuchillo tan profundo como eso me lo permite. El movimiento aumenta. El filo tiembla, el miedo se alimenta de él. Corto, dejo el cuchillo. Con las manos arranco la tela-piel. Me empapo rápido de los fluidos, me ahogoenlasensacióndelibertad. Meto mi brazo y siento el último espasmo de algo que finalmente está quieto. Meto el otro brazo y lo saco. Ahí está, reflejo perfecto. Quieto, espasmo, espasmo. Quieto. Me veo independientemente, como los demás me ven. Libre de mis propias decisiones. Lo veo, bañado en el mismo líquido que yo, igual a mí en cada centímetro, pero otro. Lo veo. Lo veo. Lo veo… Sé que siente… idea: Devorarse / es raro, ved. Ritual sagrado. Autofagia.

martes, 6 de febrero de 2007

Esperando


Aquí, de pie, esperamos a que la nada suceda; a ver por unos instantes a través de los muros que nos cercan, que parecen adherirse a nuestra piel, adherirse entre sí. Sólo –y solos– vemos el cielo desquebrajarse. Pero no nos movemos, observamos los fragmentos que caen sobre la tierra, en los lugares donde esperamos. Mientras, vamos al encuentro, en la inmensa soledad de la compañía, de las aguas que deberían barrernos de la tierra. A todos nos gustaría encontrar un momento para que la emoción se apoderara de nosotros, para sentir un poco de dicha o, por lo menos, de desesperación, algo que nos vomite de regreso al mundo, pero en vez de eso, nos quedamos quietos intentando entender, sin emoción, la eternidad, convencidos de que no existe, nos quedamos esperando a la nada. Miles contemplan decepcionados como ni siquiera unas gotas de fuego caen sobre sus cabezas y, sin desviar la mirada, repiten: no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay más allá no hay
Yo también estoy entre ellos. Me pregunto si lo repito porque lo creo o para convencerme de que la destrucción llegará algún día. Para convencerme de que algún día, cuando mi cuerpo haya terminado de consumirse en el paroxismo del fuego, y no queden más que la grasa y las cenizas de lo que alguna vez fui, entonces, habré dejado de existir.